jueves, 31 de marzo de 2016

El chavismo, el historicismo, y la sociedad abierta

            Uno de los grandes libros de filosofía política del siglo XX es La sociedad abierta y sus enemigos, de Karl Popper. El libro, publicado en 1945, justo en el momento en que Europa vivía la pesadilla nazi, intenta ser una exploración de las raíces ideológicas del totalitarismo. Popper analiza la obra de tres grandes filósofos, a quienes él considera los ancestros intelectuales del totalitarismo: Platón, Hegel y Marx.
            El libro ha sido criticado, entre otras cosas, por presentar una caricatura de esos autores. Esta crítica puede ser válida, pero no deja de ser cierto que muchas de las cosas que Popper le reprocha a esos filósofos, son verdaderas. Platón sí vio con buenos ojos la censura de poetas, y sí propuso mentir al pueblo con mitos, a fin de cada quien aceptase su lugar en la sociedad. Hegel sí promovió un culto al Estado. Marx sí creyó que, en el conflicto de clases, era una necesidad histórica que hubiera violencia.

            A mi juicio, la parte más interesante del libro es su análisis de Hegel. Popper reprocha en Hegel aquello que él llamó el “historicismo”. En la filosofía de Hegel, está presente la idea de que la historia de la humanidad es un proceso en el cual el “Espíritu” se hace consciente de sí mismo (Hegel nunca deja claro qué es exactamente ese Espíritu, ni tampoco cómo exactamente se hace consciente, y Popper le reprocha su oscurantismo). Hegel opinaba que la historia de la humanidad está guiada por algo así como un sentido providencial, y en ese sentido, resultan inevitables ciertos acontecimientos políticos.
            Popper denuncia esto como “historicismo”: la idea de que la historia tiene un objetivo predeterminado en el cual inevitablemente desemboca, y que en ese sentido, sirve para legitimar regímenes políticos autoritarios, pues se interpretan como parte de ese proceso inevitable de desarrollo histórico.
            Todo esto es antitético a la sociedad que Popper defiende, la sociedad abierta. En la filosofía de la ciencia, Popper defendía la idea de que no podemos tener absolutas certezas en el conocimiento científico, y por ello, continuamente debemos someter a escrutinio las teorías que parecen muy seguras. Esto también aplica a la política: continuamente debemos hacer revisionismo de los principios políticos. Y, para hacer esos revisionismos, es necesaria una apertura que permita la crítica y los retos.
            En cambio, los enemigos de la sociedad abierta, como Hegel, postulan que, en tanto es inevitable que la historia desemboque en un sistema político determinado, no debe tolerarse esta apertura, pues se estaría permitiendo ir en contra de las fuerzas de la historia.
            A medida que leo la crítica de Popper a Hegel, no puedo evitar pensar en mi país, Venezuela. En 1998, llegó al poder Hugo Chávez, un político que, en un principio, atrajo a las masas denunciando los obvios abusos de los anteriores gobernantes. Pero, una vez instaurado en el poder, Chávez empezó a emplear un lenguaje muy parecido al historicismo de Hegel.
            Más que cualquier otro político en la historia de Venezuela, Chávez evocaba continuamente hechos históricos, y sobre todo, la figura de Bolívar. No está mal hablar de historia, divulgar conocimiento histórico a las masas, y brindar respeto a un personaje como El Libertador. Pero, sí está mal apelar a un sentido metafísico de la historia como justificación del autoritarismo. Y, a medida que Chávez se volvía más autoritario, frecuentemente trataba de justificarse diciendo que su desempeño político formaba parte de un proceso histórico que era ya indetenible.
Del mismo modo en que Hegel postulaba que oponerse al Estado es virtualmente idéntico a oponerse al Espíritu y el desarrollo de su autoconsciencia, Chávez dejaba entrever que, quienes se opusieran a él, estaban en una batalla perdida, pues en su gobierno había una suerte de mandato providencial, no propiamente de Dios (aunque en ocasiones también invocaba a Dios como origen de su autoridad), sino de la propia historia.

Chávez comúnmente empleaba frases pegajosas como “llegó la hora de los pueblos”. En un pronunciamiento como ése, hay una obvia intención historicista: el pueblo estaba esperando su turno en la historia, y finalmente le ha llegado en el desarrollo histórico; oponerse a Chávez es oponerse al inevitable desarrollo histórico. Otra frase comúnmente empleada era “Bolívar despierta cada cien años”. De nuevo, con frases como ésta, Chávez no solamente pretendía arroparse con la figura de Bolívar, sino que postulaba que su gobierno formaba parte de una gran epopeya cósmica que desataba fuerzas indetenibles, en tanto están inscritas en la historia. Esa frase sobre Bolívar y los cien años, en realidad procede del poeta chileno Pablo Neruda, que tanta admiración sintió por Stalin. No es casual.
Venezuela necesita cambios urgentes, si pretende sobrevivir la gravísima crisis que atraviesa. Es obvio que el modelo necesita revisionismos y modificaciones. Pero, estas cosas sólo se consiguen en una sociedad abierta, la misma a la cual aspiraba Popper. En cambio, si se sigue promoviendo la idea de que el gobierno de Chávez no fue una mera contingencia histórica, sino que estaba determinado por el inevitable devenir de la historia, entonces esa rigidez impedirá cualquier reforma, y seguiremos enclaustrados en la sociedad cerrada. Nuestra política necesita una fuerte dosis de pragmatismo para resolver los problemas más urgentes, y debe abandonar la excesiva ideologización con la historia como marco de referencia.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Hegel y sus ideas sobre la historia: ¿va el rey desnudo?

Con Hegel, me siento un poco como el personaje de Hans Christian Andersen, que dice que el emperador va desnudo, y no que lleva ropas especiales, como sí dicen todos los demás. Pero, en todo caso, estoy dispuesto a conceder el privilegio de la duda, y admitir la posibilidad de que Hegel dijo cosas muy sabias (como muchas veces me recalcan maestros y amigos), y yo no soy lo suficientemente inteligente como para comprenderlo. Francamente, no obstante, veo más probable lo primero, a saber, que el emperador sí va desnudo, y que Hegel dijo muchas tonterías.
            Consideremos, por ejemplo, lo que Hegel dice sobre el curso de la historia. Hegel es uno de los máximos exponentes (pero no fue el primero) de la idea de que la historia humana es un proceso de continua mejora. Hoy, sobre todo entre quienes se lamentan de la modernización, hay mucho pesimismo respecto al progreso de la especie humana. En el pasado, dicen estos críticos, vivíamos mucho mejor.

            Hegel se habría opuesto a estos críticos, con justa razón. A juicio de Hegel, la humanidad ha mejorado su condición a lo largo de la historia. Suscribo esa idea completamente. La especie humana, a diferencia de las demás, tiene lenguaje. Y, eso le permite acumular conocimientos y transmitirlos a las siguientes generaciones, de forma tal que las siguientes generaciones apliquen esos conocimientos, y corrijan los errores del pasado. Un recorrido empírico por las condiciones en cualquier sociedad hace diez o veinte siglos, revela que hoy se vive muchísimo mejor, bajo cualquier estándar (esperanza de vida, seguridad, alimentación, conocimiento, ocio, salud, etc.).
            Muchas veces se reprocha a las sociedades modernas ser más violentas que las premodernas, pero incluso en esa variable, la modernidad ha traído consigo una significativa mejora: tal como Steven Pinker ha demostrado eficientemente en su libro The Better Angels of Our Nature, en el siglo XX se mató menos porcentaje de gente que en siglos anteriores.
            El problema, no obstante, es la forma en que Hegel expresa su idea sobre el mejoramiento de la humanidad a lo largo de la historia. Hegel no elabora sus juicios observando hechos concretos o estudiando variables particulares. Él prefiere mucho más pronunciamientos grandilocuentes que, en realidad, son meras especulaciones metafísicas sin la menor posibilidad de ser verificadas.
            Para Hegel, la historia es un proceso en el cual “el Espíritu se hace consciente a sí mismo”, a través de la “marcha de la razón”. Cuando a mí me hablan de espíritus, yo pienso en Gasparín. Pero, aparentemente, la idea de Hegel es que, hay un espíritu universal que se desarrolla a medida que pasa la historia de la humanidad. Este espíritu, aparentemente, controla los desarrollos históricos, de forma tal que éstos son inevitables. Y así, no son meras contingencias históricas las que condujeron a la Revolución Francesa o a cualquier otro acontecimiento importante, sino que, misteriosamente, todo forma parte de algo así como un plan providencial en el cual, ese espíritu se hace consciente de sí mismo.
            Aparentemente, pues, la historia es un ente personificado. Antiguamente, sobre todo en los mitos, era muy común atribuir personalidad a objetos inanimados, o a procesos impersonales. Los griegos más arcaicos, no entendían el proceso por el cual nos enamoramos (hoy sabemos que hay todo un proceso bioquímico que produce el amor), y así, decidieron personificar el amor en Eros. Pues bien, Hegel parece hacer lo mismo: personifica la historia en un ente espiritual. Entre historiadores, hay muchas discusiones sobre si los griegos realmente creían o no literalmente sus mitos; quizás la mayoría de los griegos entendía perfectamente que lo de Eros es una mera metáfora.
Ha habido hegelianos que han empleado expresiones parecidas a las de su maestro. Marx decía que, en 1848, un “fantasma recorría Europa”. Pero, era muy obvio que Marx empleaba un lenguaje metafórico, y no generó ninguna confusión con esas palabras. Francis Fukuyama postuló que en 1989, la “historia había llegado a su fin”. Fukuyama no fue tan ecuánime como Marx en advertir que él estaba empleando una metáfora (y en ese sentido, hizo que su tesis fuese malinterpretada por muchos), pero de nuevo, al final sí dejó claro que él no opinaba realmente que el mundo se acabaría.
            Yo, en cambio, no tengo nada claro si Hegel creía que sus pronunciamientos sobre el fulano espíritu y la historia eran metáforas, o si realmente creía que ese espíritu existía. En cualquiera de los casos, es lamentable. Si sus descripciones sobre el espíritu y la historia son meras metáforas, es culpable de no haber sido lo suficientemente claro en advertir que escribía en lenguaje metafórico. El buen filósofo es el que busca hacerse entender, y no está bien jugar a la ambigüedad. Eso puede hacerlo el poeta y el artista, pero no el filósofo.
Yo me inclino más por la idea de de que Hegel no postulaba estas cosas como meras metáforas. Si Hegel no pretendía que sus descripciones sobre la historia fueran metafóricas, pues peor aún. Pues, en ese caso, Hegel habría estado creyendo cosas sin ningún fundamento. Hay evidencia de que en la historia de la humanidad ha habido mejoras. Pero, no hay absolutamente nada que permita pensar que, tras ese proceso de mejoras, yace un ser espiritual que cada vez más se hace consciente. Hay evidencia de que Napoleón nació en Córcega y que se hizo emperador; pero no hay ninguna evidencia de que, en Jena, “el espíritu iba montado a caballo”. Vale la pena preguntar a Hegel, como habría hecho Popper: ¿cuál es el contraejemplo de esa hipótesis? ¿Qué habría tenido que ocurrir para que Hegel postulara que, en Jena, el espíritu no iba montado a caballo?

Extrañamente, en la filosofía de Hegel, ese supuesto espíritu ni siquiera sabe quién es él mismo. Pues, según Hegel, la historia es un proceso en el cual el espíritu adquiere auto-consciencia. De nuevo, hay algo medianamente razonable en esto, pero está envuelto en muchas tonterías. Sí, los debates y las confrontaciones suelen traer cosas buenas (aunque, no siempre, pues las confrontaciones militares generalmente empeoran la condición de la humanidad, algo que Hegel no parecía admitir, pues él elogió mucho a la guerra). Pero, esa observación no debe conducirnos a la idea de que, en la historia, hay un fantasma que ni siquiera sabe quién es él mismo (pero que misteriosamente se vuelve muy listo), y que esas confrontaciones misteriosamente harán que ese fantasma repentinamente sí se conozca a sí mismo.
Al final, creo que lo más intelectualmente sano es aplicar a la filosofía de Hegel la célebre navaja de Occam: las entidades no deben multiplicarse más allá de lo necesario. Si con la meteorología tenemos suficiente para explicar por qué llueve y hay truenos, no hay necesidad de postular que Zeus está detrás de todo eso. Al observar los patrones de la historia de la humanidad, podemos afirmar que hoy vivimos mejor que antes, y podemos ser bastante optimistas respecto al futuro (aunque, vale advertir, no plenamente optimistas, pues hay muchas variables que no controlamos; si un meteorito choca contra la Tierra y nos extinguimos, ¿seguiría diciendo Hegel que la historia es un proceso en el cual el espíritu se va haciendo a sí mismo?). Pero, así como no hay necesidad de decir que tras el rayo está Zeus, tampoco hay necesidad de postular que, tras el proceso de mejora de la humanidad, hay un ente espiritual que adquiere consciencia de sí mismo.   

lunes, 28 de marzo de 2016

Sobre "Andrei Rubliov"

Vladimir Putin quiere hacer de Rusia nuevamente un imperio, y para ello, apela al burdo nacionalismo de siempre: Rusia fue grandiosa en el pasado, y ahora los rusos devolverán a su gran país las glorias de antaño. Los soviéticos también fueron imperialistas, pero al menos, no jugaron tanto con la manipulación nacionalista. Si bien Stalin introdujo temas patrioteros de la historia nacional rusa, en general, los soviéticos estaban conscientes de que el pasado ruso fue muy vergonzoso, pues precisamente por ello, ¡los bolcheviques hicieron su revolución!
Esta actitud crítica respecto al propio pasado ruso está muy presente en Andrei Rubliov, la película que, junto a El acorazado Potemkin, suelen considerarse las mejores películas del cine soviético. El film, dirigido por Andre Tarkovski en 1966, narra la vida de Andrei Rubliov, un oscuro pintor de iconos religiosos que vivió en la Rusia del siglo XV.

Si bien la película puede volverse pesada en algunos momentos, tiene innegables méritos. Uno de esos méritos es el realismo con que se representa la vida feudal en la Edad Media rusa. Y, como cabría esperar, no hay nada bucólico en ella. Andrei Rubliov tiene que atravesar experiencias amargas, una tras otra. Debe convivir con soldados que torturan a bufones que se burlan de los poderosos; a campesinos que hacen ritos paganos y que son brutalmente perseguidos por ello; a tártaros que arrasan con todo lo que encuentran a su paso; a príncipes que cuando pasan a caballo, sus vasallos se arrodillan.
Seguramente la parte más emotiva de toda la película es el segmento final. Un joven huérfano que ha perdido a sus padres en las invasiones tártaras, convence a unos artesanos del príncipe local de que se lo lleven consigo para construir una campana, pues sólo él conoce los secretos artesanales que su padre le reveló antes de morir. Participar en la construcción de la campana es muy peligroso, pues si no queda bien, el príncipe lo ejecutará. Al final, contra todo pronóstico, el muchacho logra construir una hermosa campana, aun si confiesa a Rubliov que en verdad, su padre nunca le reveló ningún secreto.
Después de haber presenciado tantas miserias, Rubliov se había deprimido y había dejado de pintar. Pero, al contemplar la audacia del muchacho, recupera el ánimo, y decide retomar su carrera artística. A lo largo de la película, también se plasma la idea de que, lo único que en realidad hace levantar a Rubliov, es su fe cristiana. El optimismo de Rubliov no es ingenuo como el de Cándido, la célebre novela de Voltaire. Rubliov sufre amargamente, y a lo largo de la película, hay en su rostro una notable expresión de melancolía. Pero, en medio de la majestuosidad ortodoxa rusa, Rubliov consigue fuerzas para seguir adelante.
Previsiblemente, una película que presentara a la religión como una fuente de esperanza no agradaría mucho a los soviéticos. Y, supongo que por este motivo (entre otros), Andrei Rubliov fue parcialmente censurada por el propio régimen soviético, y encontró muchas trabas para su difusión.

Pero, en líneas generales, el mensaje de la película es acorde al progresismo soviético: el pasado ruso feudal fue terrible, la opresión era atroz, y la vida moderna es más deseable. Lamentablemente, hoy un creciente sector de la izquierda ha abandonado este compromiso con el progreso y la modernidad. Más bien, en un arrebato primitivista afín a Rousseau y los románticos contrailustrados, esta izquierda reprocha la sociedad industrial, y siente nostalgia por la Edad Media, cuando la máquina no había reemplazado al hombre. Andrei Rubliov es un recordatorio de cuán terrible era en realidad esta supuesta vida idílica.

domingo, 27 de marzo de 2016

Los disparates de José Vasconcelos

            En mi libro Las razas humanas ¡vaya timo!, dedico un capítulo a la historia del racismo. En ese capítulo, no hago mucha mención de América Latina, pues si bien en nuestra región hubo y sigue habiendo racismo, solemos asumir que todos acá estamos muy mezclados, y eso impide desarrollar discursos y actitudes racistas con la misma intensidad con que sí las hubo  en Europa y Norteamérica.
América Latina no produjo teóricos racistas como Gobineau o Madison Grant. Pero, el mexicano José Vasconcelos (a quien no menciono en mi libro) sí tuvo mucha influencia en nuestra región, y hoy sus ideas gozan de una renovada popularidad debido a algunos movimientos políticos.

Vasconcelos escribió su famoso libro, La raza cósmica, en 1925, una época durante la cual, proliferaban en EE.UU. y Europa textos que promovían la eugenesia, y teorizaban sobre las diferencias raciales y la necesidad de evitar los cruces entra razas. Vasconcelos advirtió sobre los peligros de esas teorizaciones (y, en efecto, estas teorías condujeron a la tragedia del nazismo), y se propuso combatirlas, defendiendo las ventajas del mestizaje.
Hasta ahí, todo va muy bien. Hoy, sabemos que Vasconcelos hizo muy bien en criticar a los racialistas que opinan que la humanidad se degenera cuando hay cruces raciales, pues la evidencia científica no respalda esas hipótesis. Pero, lamentablemente, para enfrentarse a los disparates de los racistas europeos y norteamericanos, Vasconcelos pronunció sus propios disparates.
En vez de postular, como lo hicieron muchos críticos algunas décadas después, que sencillamente las razas no existen (y que, si acaso existen, no hay suficiente evidencia para  establecer una relación jerárquica entre ellas), Vasconcelos no sólo mantuvo la separación de la humanidad en distintos bloques raciales (a su juicio, hay cuatro grandes razas: europea, asiática, africana y amerindia), sino que añadió que en América estaría surgiendo una quinta raza, la raza cósmica, y que ésta terminaría por ser superior a las demás. Allí donde racistas como Gobineau y Grant postulaban que las razas superiores son las puras, Vasconcelos postulaba que, la raza superior, sería la más mezclada. Y, dadas las circunstancias históricas latinoamericanas, nosotros seríamos la raza más mezclada, y por ende, la superior a todas las demás.
En La raza cósmica casi no hay argumentos científicos. El libro consta fundamentalmente de especulaciones sin el menor respaldo empírico, sobre las ventajas del mestizaje. Hoy sabemos que, efectivamente, en muchas especies, existe el “vigor híbrido”. Pero, Vasconcelos no ofrece una teoría plausible sobre cómo ocurre este fenómeno, y se limita a decir que, en las mezclas raciales, las características indeseables sencillamente desaparecen, algo que la ciencia no siempre acepta. Además de estas especulaciones tan aventuradas, insólitamente, Vasconcelos da crédito a las teorías peregrinas sobre la existencia de la Atlántida y Lemuria, los continentes perdidos de los cuales supuestamente proceden antiguas razas humanas y que, según Vasconcelos, dejaron un legado en América Latina. Madame Blavatsky también habló de la Atlántida para explicar los orígenes de la raza aria, y de esto se valieron los nazis para proponer sus disparatadas teorías raciales.
Hoy está muy en boga el relativismo cultural, y la tesis de que no hay culturas superiores a otras. Afortunadamente, Vasconcelos no participa de esta ideología, y admite que sí hay culturas superiores a otras. Pero, Vasconcelos comete el error de suponer que la superioridad cultural está inscrita en la biología, ¡precisamente el mismo error de los racialistas que postulaban la superioridad europea, no en función de la cultura, sino en función de sus rasgos biológicos! En otras palabras, Vasconcelos termina participando del mismo determinismo biológico de los racistas convencionales.
En función de ese determinismo biológico, Vasconcelos cree que la raza latinoamericana es superior a la europea y la norteamericana, por ser más mezclada. Y, hace unas predicciones utópicas sobre lo maravillosa que será nuestra región. Más de 80 años después de Vasconcelos, duele reconocer que sus especulaciones utópicas están muy lejos de cumplirse; y duele también reconocer que Vasconcelos estaba equivocado: los gringos y los europeos siguen siendo culturalmente superiores a nosotros, y mejoraríamos mucho más nuestra condición si, en vez de empeñarnos en rechazar su influencia, la asumiésemos.
Vasconcelos estaba muy lejos de ser un indigenista. La raza cósmica, decía él, para ser verdaderamente superior, debe impregnarse de la matriz indígena, pero también de la española. No hay en La raza cósmica palabras de odio en contra de los conquistadores o del legado español. De ese modo, alguien como Vasconcelos no debería resultar muy atractivo a los nuevos izquierdistas latinoamericanos que se nutren mucho del indigenismo y el rechazo a la herencia occidental. Más aún, un autor que defiende el determinismo biológico, y la existencia de razas superiores e inferiores, debe ser anatema para la izquierda.

Pero, las circunstancias políticas conforman alianzas extrañas. Y, en ese sentido, Vasconcelos extrañamente ha gozado de un renovado despertar en algunos círculos intelectuales de la izquierda latinoamericana. La principal preocupación de esta izquierda es el poscolonialismo. América Latina, dicen ellos, ha sido vapuleada por los poderes coloniales (primero España, y ahora EE.UU.), y ha desarrollado un complejo de inferioridad, producto de la mentalidad colonial. Para liberarnos de ese complejo de inferioridad, es necesario cultivar un orgullo identitario entre los latinoamericanos. Así pues, esta nueva izquierda tiene firmes resonancias nacionalistas: según estos izquierdistas, es necesario crear algo auténticamente “nuestro”, un Volksgeist que nos permita cultivar nuestra propia identidad.

Un autor que dice que nosotros los latinoamericanos somos superiores al resto del mundo (sobre todo superiores a Europa y Norteamérica), viene como anillo al dedo, para estos izquierdistas que quieren cultivar el autoestima latinoamericano. Para ellos, no importa que Vasconcelos tenga tufos de racismo; lo importante es que él abrió espacio para que nosotros los latinoamericanos nos sintamos gente muy importante. Y, como suele ocurrir, si Vasconcelos se valió de enormes disparates para defender su tesis, ¡no importa! ¡El orgullo nacionalista va por encima de todo! ¡Viva México, cabrones!

sábado, 26 de marzo de 2016

Hegel, el gran oscurantista

            En mi libro El posmodernismo ¡vaya timo!, fui muy crítico con varios autores alemanes. Pues, postulé la opinión de que, si bien los franceses ganaron la guerra en el campo de batalla, la perdieron en los salones de clase. Tras la Segunda Guerra Mundial, Francia renunció a su tradición ilustrada y racionalista, y se dejó seducir por el romanticismo y la contrailustración alemanas, y esto, eventualmente condujo al posmodernismo. En mi libro, critiqué a Herder, Heidegger, Adorno y Horkheimer, y otros autores alemanes que, a mi juicio, son responsables de haber sido pioneros en una indebida reacción en contra de la ilustración y la modernidad.

            Mario Bunge, el gran filósofo que escribió el prólogo a El posmodernismo ¡vaya timo! siempre ha tenido mucho desdén por Hegel, precisamente por los mismos motivos que él y yo tenemos desdén por Heidegger: es un autor tremendamente oscurantista. Pero, yo no me atreví a criticar explícitamente a Hegel en mi libro. Ahora, me lamento de no haberlo hecho, pues realmente, aún si no se le suele considerar un posmoderno, Hegel incurrió en muchos de los vicios que yo reprocho a los posmodernos.
            A diferencia de los románticos alemanes que explícitamente resistieron la ilustración y la razón moderna, Hegel quiso presentarse a sí mismo como un defensor de la razón. Pero, francamente, sus escritos están muy lejos de exhibir dotes racionales. Su obra es notoriamente incomprensible en su mayor parte. Una persona racional busca hacerse entender, y en ese sentido, defiende la claridad en el lenguaje. Hegel, en cambio, escribió en frases rimbombantes (Napoleón es el “espíritu del mundo montado a caballo”, “el devenir es la síntesis del ser con el no ser") que ha dejado a más de un lector rascándose la cabeza. Autores como Derrida, Lyotard o Deleuze (a quienes no se les entiende casi nada), tienen un precedente oscurantista en Hegel.
            En algunas partes de su obra en las cuales, aparentemente sí se da a entender, Hegel dice cosas tan absurdas, que muchas veces me he preguntado si Hegel más bien tenía un extraño sentido del humor. El sentido común no es siempre de fiar en asuntos filosóficos. Pero, cuando un autor sistemáticamente dice cosas que son totalmente ajenas a lo que una persona común postularía, cabe sospechar que algo está mal con él.
Consideremos, por ejemplo, su famosa idea sobre la relación entre amos y esclavos. Dice Hegel que, en la historia de la humanidad, el espíritu siempre ha buscado la autoconciencia, y eso conduce a una lucha por el reconocimiento. Esta descripción es de por sí sospechosa (¿espíritu?, ¿estará hablando Hegel sobre Gasparín?), pero en fin, por el momento admitamos que, efectivamente, la búsqueda del reconocimiento tiene mucho peso en la psicología humana. Todos tenemos alguna dosis de narcicismo, todos queremos que los demás digan que somos geniales.
En esta lucha por el reconocimiento, sigue Hegel, se da una confrontación que casi desemboca en la muerte. Pero, esta confrontación no puede terminar en la muerte, pues si uno de los partidos en confrontación muere, no podrá reconocer el triunfo del otro, y así, el vencedor se quedará sin nadie que lo reconozca. De nuevo, lo que Hegel dice es plausible, pero no es lo suficientemente claro. ¿En qué circunstancias ocurren estas confrontaciones? ¿Cuáles son algunos ejemplos históricos concretos? En fin, Hegel es más dado a la palabrería que a los datos concretos, pero una vez más, dejemos pasar esto y asumamos que, en efecto, cuando hay confrontaciones por el reconocimiento, a veces no se llega a la muerte, aunque, por supuesto, muchas otras veces, sí hay víctimas fatales.
Hegel se pregunta: en esta confrontación, ¿quién es el ganador y quién es el perdedor? Y, es en estas respuestas donde Hegel ya empieza a decir cosas muy extrañas. Según Hegel, quien prefiere la vida y teme a la muerte, se convierte en esclavo. Y, quien prefiere la libertad y no le importa morir en la lucha por el reconocimiento, se convierte en el amo. Así, en esa lucha por el reconocimiento, el perdedor es un cobarde, y paga su cobardía perdiendo su libertad y convirtiéndose en esclavo.
En otras palabras, ¡Hegel culpa al esclavo por su propia esclavitud! Kunta Kinte estaba tranquilamente en su aldea africana, cuando de repente, llegó un negrero europeo. Kunta Kinte quedó un poco confundido por la llegada de este nuevo visitante, y en un dos por tres, ya tenía los grilletes encima, destinado a ser esclavo en una plantación de algodón en Nueva Inglaterra. Obviamente, para alguien con sentido común, Kunta Kinte es una víctima. Pero, Hegel no lo vería así. Kunta Kinte se buscó su propio destino, al preferir la vida por encima de la libertad en la lucha por el reconocimiento.
Las cosas raras que Hegel dice sobre la relación entre amos y esclavos no terminan ahí. Son de sobra conocidos los suplicios de la esclavitud. Y, cualquier persona con sentido común postularía que, en una relación de esclavitud, obviamente el amo tiene la ventaja. Pero, de nuevo, Hegel tiene una cruzada contra el sentido común. Pues, el filósofo postula que, en esta dialéctica entre amo y esclavo, quien realmente tiene una ventaja es el propio esclavo. Según Hegel, en tanto el amo depende de la labor del esclavo, deja de ser libre. En cambio, el esclavo, a través de su trabajo, se realiza él mismo en su conciencia (nuevamente, vale preguntarse qué es exactamente “realizarse en su conciencia”, pero en fin, dejémoslo pasar), y supera el sentido de dependencia que ahora el amo sí tiene.
Esta idea de Hegel me recuerda un poco al cinismo de los nazis cuando, en Auschwitz, colocaron una infame consigna como cartel de bienvenida a los prisioneros: “El trabajo os hace libres”. Hegel no se conforma con decirle al esclavo que él merece su condición por ser un cobarde, sino que además, su trabajo para el amo es una manera de encontrar su propia conciencia. En otras palabras, Hegel termina por decir que la esclavitud es buena para el propio esclavo.
No quise atacar a Hegel en El posmodernismo ¡vaya timo!, en parte porque, en la universidad me enseñaron su supuesta relevancia. Pero, ahora pienso que Mario Bunge tiene razón: basta que alguien (sobre todo si escribe en alemán) escriba cosas aberrantes o frívolas en un lenguaje rimbombante, para que alguna gente quede hechizada con sus palabras grandilocuentes. Lamentablemente, el propio Marx (un autor con el cual no simpatizo, pero a quien sí reconozco su relevancia y grandeza) aparentemente fue víctima de este hechizo.

Alguna otra gente se dio cuenta de que lo que Hegel enseñaba eran cosas muy extrañas, y trataron de hacérselo ver. ¿Cómo? De la misma manera en que yo estoy tratando de confrontar a Hegel: aplicando una dosis de sentido común, y señalando hechos que no concuerdan con las teorías de Hegel. Ante esos críticos que le señalaban hechos contrarios a su teoría, Hegel supuestamente respondió con esta frase infame: “Si los hechos contradicen a mi teoría, tanto peor para los hechos” (según alguna crónica no del todo confiable, Hegel decía que había siete planetas, debido a la relevancia metafísica del número siete, y cuando le mostraron la evidencia astronómica de que había más de siete, mandó al carajo la evidencia).
Según parece, esta frase en realidad es apócrifa. Pero, sí refleja bastante bien su actitud filosófica general. Una frase que sí está muy bien documentada, en cambio, es aquella que pronunció en su lecho de muerte: “Sólo un hombre me ha entendido… Y ése no me entendió”. Nunca mejor dicho. Quizás ésta sí sea una de las frases más sensatas de Hegel.

viernes, 25 de marzo de 2016

"Offside" y la amenaza nuclear de Irán

Barack Obama será recordado, entre otras cosas, por haber logrado el acuerdo nuclear con Irán: las sanciones económicas a ese país cesarán, y a cambio, Irán se compromete a desarrollar energía nuclear pacíficamente. Alguna gente (sionistas duros, previsiblemente), como Benjamin Netanyahu o Alan Dershowitz lo consideran un grave error, pues según ellos, Irán mantiene su amenaza de hacer desaparecer a Israel, y no hay forma real de verificar que los iraníes cumplan su promesa de no desarrollar bombas nucleares.
            Yo no conozco suficientemente bien los detalles de este acuerdo. Pero, hay algo que sí me parece muy evidente: el pueblo iraní está cansado de la teocracia, pide a gritos reformas, y desesperadamente quiere abrirse a Occidente. Si algún ayatolá coquetea con la idea de apretar el botón rojo para lanzar un misil contra Israel o EE.UU., tendrá que enfrentar a una pujante población joven, culta, tecnófila, y con muchas ansias de insertarse en el mundo globalizado. Quizás haya una elite de viejos carcamanes fantaseando con el regreso del Mahdi oculto, y siguen vociferando sus consignas de “muerte al Gran Satán”, pero el grueso de la población iraní está mucho más fascinada con Hollywood, Facebook, y otras delicias occidentales, y sabe muy bien que la confrontación con Occidente es un obstáculo a sus aspiraciones. Eso, opino, es un gran punto a favor de la decisión de negociar con Irán.

            La película Offside, dirigida por Jafar Panahi en el 2006, es un vivo recordatorio de ello. Narra la historia de unas adolescentes que están muy deseosas de ir a un juego de fútbol, entre Irán y Bahréin. El problema es que las leyes de la revolución no permiten a las mujeres ir a los estadios. Las muchachas se disfrazan de varones, y así entran al estadio. Pero, la policía las descubre, y las retiene.
            A medida que pasa la trama, hay mucha emoción futbolística en las gradas, pero las muchachas, en tanto están retenidas, no logran enterarse de los pormenores del encuentro. Suplican a sus custodios que les informen sobre cómo se desarrolla el partido. Los guardias al principio no quieren tener empatía con las muchachas, pero al final, la pasión por el  fútbol los vence a todos, y acceden a los deseos de las muchachas. Más aún, en vista de que Irán gana el juego y clasifica al mundial, los guardias y las muchachas se unen en una celebración callejera, y se olvidan de que eran originalmente adversarios.
            Estos guardias son reclutas, a quienes les importa un carajo la revolución. A todos les importa más el fútbol que la religión, y uno de ellos quiere vivir tranquilamente en el campo, en vez de tener que servir como soldado en Teherán. Ellos no entienden muy bien por qué las mujeres no pueden ir al estadio; se limitan a cumplir órdenes, y muy a regañadientes. Participan, en cierto sentido, de aquello que Hanna Arendt llamó la “banalidad del mal”: participan de una burocracia sin cuestionarla, y sin comprender muy bien cuál es su sentido. Pero, allí donde los soldados nazi en los campos de concentración se deshumanizaron y se convirtieron en frías máquinas de matar, estos soldados iraníes terminan por comprender que celebrar un gol es más satisfactorio que prohibir a las muchachas ver el fútbol.
            En una de las mejores escenas de la película, una de las muchachas le pregunta a un soldado por qué está prohibido que las mujeres vayan al estadio. El guardia ofrece respuestas idiotizadas, y la muchacha asume el papel socrático de hacerle ver al soldado que sus respuestas son absurdas, formulándole nuevas preguntas. Ante semejante acoso intelectual (parecido al que hacía el  filósofo en Atenas), el muchacho abandona el intento por justificar las leyes misóginas de la revolución.
            En otra gran escena, el padre de una de las muchachas se da cuenta de que la joven se ha vestido de varón para entrar al estadio, y se dispone a darle una golpiza. ¿Quiénes interceden a favor de las mujeres, casi invocando el derecho de las muchachas para ir al estadio? ¡Los propios guardias! Incluso uno de los guardias hace un enorme esfuerzo por cuenta propia, cuando decide llevar a una de las detenidas al baño para que haga sus necesidades, pues en los estadios iraníes, no hay baños para damas.
            Una de las grandes paradojas del nacionalismo ocurre cuando, para construir identidades nacionales, se acuden a símbolos de origen foráneo. Es el caso del fútbol en Irán. En la película, los aficionados son muy nacionalistas, y defienden arduamente a su país en las gradas del estadio. El fútbol sirve para aupar a las masas en contra del extranjero. Pero, por supuesto, ¡el fútbol es un invento occidental! E inevitablemente, al acceder a la penetración del fútbol (aun si es con fines nacionalistas), los ayatolás acceden también a la penetración de otras cosas de Occidente, incluidas las ideas liberales y el feminismo.     
            Uno de los méritos de Offside es la forma en que fue rodada. Está filmada casi en un estilo amateur, pero curiosamente, se rodó en el propio estadio mientras ocurría el juego, y algunas escenas incluyen a los actores en medio de las masas de aficionados en las gradas. Puesto que el final de la película incluye las celebraciones callejeras por la victoria de Irán, Panahi preparó un final alternativo, en caso de que Irán no resultara ganador en el encuentro.

            En Offside no hay contenidos políticos explícitos. Pero, el régimen iraní comprendió muy bien su enorme potencial subversivo. Una película en la cual el pueblo iraní manda al carajo a la revolución y la confrontación con Occidente, y prefiere abrazar la pasión de un deporte occidental (aun si conserva una semblanza nacionalista), no puede ser vista con buenos ojos por los ayatolás. Por ello, esta película está prohibida en Irán, y Panahi tiene prohibición de salida de su país. Si los ayatolás censuraron esta película, ¡eso debe ser aún otro motivo para ir a verla! La recomiendo encarecidamente.

Los pitufos vs. el Pato Donald: conspiranoias políticas

            Decía Baudelaire que el mejor truco de Satanás ha sido hacer creer a la gente que él (el diablo) no existe. Y, los fundamentalistas cristianos más fanatizados suelen tomarse esto muy al pie de la letra. Aquello que parece muy angelical, puede en verdad ser muy demoníaco.
            Ya se sabe la obsesión que los ultraconservadores religiosos en EE.UU. tienen con Harry Potter. Las películas sobre el aprendiz de mago, se nos dice, conducen a toda suerte de degeneración moral, pues nunca es recomendable coquetear con el ocultismo y la magia. Al menos en el caso de Harry Potter, el ocultismo es bastante explícito. Pero, insisten los ultraconservadores religiosos, hay aún otros casos en los que, lo demoníaco no es tan explícito, pero con todo, de forma muy disimulada adelantan mensajes satánicos.

            Consideremos, por ejemplo, a los pitufos. ¿Cuáles muñequitos pueden ser más tiernos que estos simpáticos duendecillos? En realidad, advierten los conspiranoicos cristianos, esa serie televisiva es muy peligrosa, pues alienta en las audiencias infantiles la curiosidad por las artes ocultas (el adversario de los pitufos, Gargamel, es un hechicero), y eso conduce al diablo.
            Tonterías propias de los fanáticos religiosos, por supuesto. Pero, algunas mentes más racionales, han visto en los pitufos peligros más serios, en mensajes ocultos perversos. El semiótico francés Antoine Bueno publicó un libro en 2011, Le petit livre bleu (El pequeño libro azul), cuya tesis es que la serie de los pitufos es en realidad propaganda comunista originaria de la Guerra Fría. El creador de los pitufos, el belga Pueyo, no era un militante comunista. Pero, precisamente, pudo haber aprovechado su perfil aparentemente apolítico, para silenciosamente dibujar historietas propagandísticas y adoctrinantes.
            Según Bueno, los pitufos viven en una sociedad utópica, donde todo se hace en colectivo, y nunca hay iniciativas individuales. La aldea de los pitufos es a todas luces una comuna de tipo marxista, sin clases sociales, sin propiedad privada y sin dinero. Incluso, el Papá Pitufo, con su barba, tiene alguna semblanza con Karl Marx.
Entre los pitufos, este estilo de vida, lejos de generar conflictos y resistencias (como sí ocurrió en la experiencia histórica del comunismo), más bien conduce a una vida bucólica e idílica. La única preocupación seria de los pitufos es el acecho de Gargamel, el codicioso villano obsesionado con el oro. ¿Y a quién representa Gargamel? Según Bueno, Gargamel es un vil judío, con su típica nariz prominente (como aquella que Quevedo le atribuyó a Góngora para acusarlo de ser judío). ¿Es mera coincidencia que el gato de Gargamel se llame “Azrael” (el nombre del ángel de la muerte en el folklore judío)? Los pitufos, pues, son comunistas antisemitas.
Comprensiblemente, todo esto resulta absurdo. Los argumentos de Bueno (y no sabemos si son del todo serios, pues este autor es dado a escribir muchas veces con tonalidades sarcásticas) son típicamente conspiranoicos: se interpretan símbolos con mensajes vagos bajo un prisma predeterminado, y con eso, se formula una teoría de la conspiración. Éste es el tipo de cosas que hizo el infame senador norteamericano MacCarthy, cuando en la década de 1950, persiguió severamente a cineastas que, según él, promovían en sus películas la ideología comunista. Es muy lamentable que, en pleno siglo XXI, gente como Bueno y sus teorías sobre los pitufos, continúen el legado de MacCarthy.
Pero, como suele ocurrir, hay mucha hipocresía en esto. Pues, quien realmente marcó el precedente para abusar de la semiótica y crear teorías de la conspiración sobre historietas cómicas, no fue la derecha anti-comunista europea y norteamericana, sino la izquierda socialista latinoamericana.
Fueron dos autores muy respetados por los progres, Ariel Dorfmann y Armand Matterlat, quienes en 1972, publicaron un clásico de la izquierda latinoamericana, Para leer al Pato Donald. En ese libro, los autores defienden la tesis de que el Pato Donald, y las historietas de Disney en general, en realidad son un instrumento para legitimar el orden burgués y mantener contenidas a las masas de proletarios. En otras palabras, el Pato Donald es una forma de alienación, que trata de convencer al obrero de que su lamentable condición es el orden natural de las cosas, y que en realidad, no hay nada que cambiar. Los personajes de Disney, denuncian Dorfmann y Matterlat, acumulan riquezas sin hacer esfuerzo (prácticamente son especuladores de la bolsa), y en esas historietas, casi nunca hay escenas de fábricas o sindicatos.
Las tesis de Dorfmann y Matterlat tienen un halo de plausibilidad. Ciertamente, como bien recuerda Marx, el sistema de opresión en una sociedad, debe ser continuamente legitimado por la cultura de masas, a través del cine, la televisión, las artes, etc. Pero, el problema con esta idea de Marx, es que no es adecuadamente falseable, y pronto, cualquier canción, cualquier película, puede ser empleada como confirmación de la tesis. Al final, Dorfmann y Matterlat hicieron con el Pato Donald exactamente lo mismo que hace Bueno con los pitufos: establecer una tesis predeterminada, y una vez que se ha escogido la tesis, buscar la evidencia en símbolos con mensajes vagos.

La ciencia busca primero la evidencia, y luego formula una hipótesis. Estos análisis de historietas, en cambio, proceden al revés: formulan primero una hipótesis, y luego buscan la evidencia. Si bien la semiótica puede ofrecer perspectivas muy interesantes, opino que, si no se es suficientemente cuidadoso, termina por ser una disciplina fácilmente manipulable por la ideología de quien hace el análisis semiótico. Bueno hizo un análisis semiótico de los pitufos para confirmar su ideología anti-comunista; Dorfmann y Matterlat hicieron un análisis semiótico del Pato Donald para confirmar su ideología anti-capitalista.
Al menos en estos casos, no hay gente que sufra directamente por la ligereza de estos análisis semióticos. Pero, en Venezuela, los semióticos al servicio del régimen chavista, interpretaron los discursos del preso político Leopoldo López (en los cuales no hubo ningún llamado explícito a la violencia), y concluyeron que, en realidad, López utilizó signos para convocar a la violencia, y eso justificó su condena. Mucha razón tenían los gestaltistas cuando decían que, muchas veces, vemos lo que queremos ver.

jueves, 24 de marzo de 2016

"La vida de los otros", Snowden y el chavismo

A raíz de la reciente ola de atentados yihadistas en Europa, algunos comentaristas y políticos han postulado que estas tragedias se pudieron haber evitado, si los gobiernos europeos hubieran sido más agresivos en la vigilancia de personas sospechosas de terrorismo.
            Personalmente, yo no sé cuán acertada es esa opinión. Puede ser, como puede no ser. Pero, al menos sí tengo clara la opinión de que la intensificación de la vigilancia, a la larga, ofrece más problemas que soluciones. Pues, en nombre de la seguridad y la protección del ciudadano común, es demasiado fácil abusar el poder de intromisión del Estado, e inevitablemente, se coloca el espionaje interno al servicio de causas muy cuestionables.

            Edward Snowden valientemente sacó a la luz pública la forma tan sucia en que la NSA, la agencia nacional de seguridad norteamericana, espía violando las libertades civiles de los ciudadanos. La izquierda internacional culpó en especial a George W. Bush y los neoconservadores de estos abusos, pues fueron ellos quienes iniciaron la llamada “guerra contra el terror”, con barbaridades como la “ley patriota”. Pero, algo que muchas veces se omite, es que el propio Snowden ha insistido en que el gobierno de un supuesto liberal, Barack Obama, ha sido mucho más agresivo en el espionaje de sus propios ciudadanos.
            En Venezuela, Nicolás Maduro ha sido uno de los que han elogiado a Snowden y ha denunciado los abusos de la vigilancia norteamericana. Pero, la hipocresía de Maduro es bestial. Su gobierno constantemente pincha teléfonos sin autorización judicial y transmite esas conversaciones privadas en la televisora pública nacional. Maduro hace todo esto con la excusa de combatir grupos desestabilizadores que planifican magnicidios y golpes de Estado, una táctica que aprendió muy bien de su maestro, Hugo Chávez.
            Vale recordar que, primero fue sábado que domingo. Y, si bien hoy Snowden ha colocado de relieve los abusos de vigilancia en EE.UU. y se ha refugiado en Rusia, es prudente recordar que, por varias décadas, este tipo de cosas fue mucho más común en los países con un sistema político que la izquierda internacional suele tratar de dulcificar.
            El film La vida de los otros, dirigido por Florian Henckel von Donnersmack en 2006, es un recordatorio de ello. La película narra las cochinadas de la Stasi, el servicio de espionaje de Alemania del Este, durante la Guerra Fría. Un escritor aún simpatizante del comunismo empieza a incomodarse con los abusos del régimen, y los directivos de la Stasi le montan un brutal sistema de vigilancia, que incluye como informante a su propia amante. Entre los funcionarios de la Stasi hay gente que realmente cree que la violación de la privacidad es una medida justa y necesaria para mantener el socialismo. Pero, a decir verdad, hay motivos mucho más sucios: un ministro desea a la amante del escritor, y ésa es su verdadera justificación para montarle la vigilancia. Un jefe de la Stasi no está convencido de la necesidad de espiar a ese escritor, pero desesperadamente busca un ascenso.
            Las cosas que Snowden ha revelado son terribles. Pero, al menos, hay algo que aún no parece ser tan dramático en la vigilancia norteamericana: todavía no se manipula tan agresivamente a los allegados de los espiados. En cambio, tal como se narra en La vida de los otros, y tal como lo sabemos por documentos históricos, el espionaje comunista, sin tanta tecnología (como sí la tiene la NSA) fue mucho más agresivo en el reclutamiento de familiares y amigos. Eso, demás está decir, es mucho más destructivo psicológicamente para los ciudadanos, pues fácilmente se llega a un punto en el cual, el ciudadano común no puede confiar en nadie.
Uno de los méritos de la película, genial desde todo punto de vista (libreto, dirección y actuaciones), es que quien aparece como el personaje más villanesco de todos, al final resulta redimido, y termina por ser uno de los buenos. Ese personaje es un adoctrinado y fanatizado funcionario de la Stasi, que realmente cree en la nobleza del sistema. Pero, a medida que van aumentando los abusos, decide cambiar sus lealtades, y termina por salvar al escritor víctima del espionaje.
En ese sentido, la película termina con una nota de optimismo. No sé si aplicar ese optimismo a Venezuela. En los últimos años, ha habido algunos funcionarios que, ante los abusos del régimen, han cambiado lealtades. Pero, esas lealtades no son del tipo idealista, como las del personaje de La vida de los otros. Hay una firme sospecha de que, en realidad, esos giros han tenido motivaciones económicas.

Con todo, hay algo sobre lo cual sí podemos tener mucho optimismo en Venezuela: las verdades se sabrán algún día. En La vida de los otros, ya caído el muro de Berlín, el escritor espiado descubre todas las operaciones de vigilancia de las cuales él fue víctima, gracias a la consulta de los expedientes abiertos de la Stasi. Cuando un país se democratiza verdaderamente, abre sus expedientes secretos. Podemos criticar todo lo que queramos a EE.UU., pero al menos en ese país, tenemos alguna noción de los abusos que ocurren a lo interno, pues hay muchas fuerzas políticas que presionan a favor de la apertura de expedientes, y ocasionalmente, esos expedientes se abren. Nada de eso ocurre en Rusia (¡Snowden debería saber eso!), ni en China. Yo tengo la esperanza de que, en Venezuela, cuando salgamos de esta pesadilla chavista de más de 17 años, abriremos los expedientes y sabremos muchas cosas.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Max Weber y el negrito del batey

            Hace algunos años, la presentadora venezolana de televisión Beatriz Majo causó escándalo, cuando en su programa, ella y una invitada de origen italiano, opinaron que los venezolanos son personas poco trabajadoras, en especial, los “negritos de la costa”. Inmediatamente, Majo fue acusada de ser racista.
Ciertamente, la forma en que Majo discutía estas cuestiones fue muy a la ligera (sobre todo teniendo en cuenta sus aspiraciones intelectuales), y su intervención fue desafortunada. Pero, conviene tener presente que, aseverar que hay pueblos más trabajadores que otros, no es racismo. En primer lugar, ese juicio no necesariamente apela a motivos biológicos. Y, en segundo lugar, es un hecho indiscutible que sí hay culturas más trabajadoras que otras.

Max Weber hizo renombre cultivando esa hipótesis. A juicio de Weber, las culturas protestantes cultivan más la ética del trabajo que las culturas católicas, y eso explica por qué los orígenes del capitalismo estuvieron en el norte de Europa. La tesis de Weber ha sido sometida a crítica, pero ninguna persona sensata lo acusaría de ser racista por postular esa teoría. Deberíamos pensar más detenidamente el asunto antes de apresurarnos a acusar a alguien como Majo de ser racista.
En toda América, está presente la idea de que, en efecto, los negros tienen menor motivación al trabajo. Esta idea ha quedado plasmada en la famosa canción dominicana El negrito del batey, del compositor Héctor Díaz: “A mí me llaman el negrito del batey, porque el trabajo es para mí un enemigo, el trabajar yo se lo dejo todo al buey, porque el trabajo lo hizo Dios como castigo”.
Hasta donde tengo conocimiento, nadie ha hecho un estudio lo suficientemente serio como para saber cuán veraz es la hipótesis de que los negros de América tienen una ética del trabajo laxa. Canciones como El negrito del batey parecieran ser más reflejo de actitudes racistas populares, especialmente teniendo en cuenta la compleja relación de los dominicanos con los negros, en virtud de las difíciles relaciones que ha históricamente ha habido entre la República Dominicana y Haití. Si bien la República Dominicana tiene mucha población negra, tradicionalmente ha renegado de sus orígenes africanos (el dictador Trujillo intentó “blanquear” a su país lo más que pudo), ha visto con mucho recelo a los inmigrantes haitianos, y en líneas generales, ha tenido una imagen negativa de los negros.
Pero, como suele ocurrir con los estereotipos, la imagen del negro perezoso seguramente sí debe tener alguna base en la realidad. Si acaso los negros en América son efectivamente menos trabajadores, esta pereza no es debida a causas biológicas; si bien puede haber genes para ser más trabajadores, no creo que estos genes estén racialmente distribuidos.
Habría más bien que buscar los orígenes de este fenómeno en causas culturales e históricas. El economista camerunés Daniel Etounga Millengue, por ejemplo, ha postulado que en las culturas africanas persiste una actitud que no concede demasiada importancia a la planificación, el ahorro y el trabajo. Quizás los esclavos africanos trajeron esas tendencias culturales a América, y eso explica actitudes como las del negrito del batey.
Pero, yo postulo otra explicación. La esclavitud fue un robo al esclavo. Y así, naturalmente el esclavo vino a asociar la idea del trabajo con la explotación. El esclavo termina por detestar el trabajo, precisamente porque no logra disfrutar el producto de su propia labor. La propia canción de El negrito del batey nos ofrece ciertas luces al respecto: el “batey” era un pedazo de tierra donde trabajaban los esclavos negros dominicanos y haitianos, y hasta el día de hoy, en los bateyes persisten prácticas de semi-esclavitud en condiciones deplorables.   
Aun con el fin de la esclavitud, esta actitud de desprecio al trabajo estuvo ya cultivada por varias generaciones, y no es nada fácil deslastrarse de ella. En el siglo XIX, uno de los argumentos que más se utilizó a favor del abolicionismo, era que la institución de la esclavitud estaba volviendo perezosos a los propios amos, y esto eventualmente conduciría a su propia ruina. En EE.UU., el norte se estaba convirtiendo en una potencia industrial, mientras que el sur esclavista cada vez más se estancaba en su producción económica.

La esclavitud en América, pues, ha dejado secuelas profundas. Ciertamente, el racismo ha sido una de esas secuelas. Pero, la esclavitud también tuvo la secuela de dejar una actitud de desprecio al trabajo entre los descendientes de esclavos. La mejor motivación al trabajo, es el goce de los frutos de la labor. En la esclavitud, este goce no estaba presente, pues el esclavo entregaba su trabajo al amo. Pero, vale mantener presente que, en los sistemas colectivistas que persisten en América (sobre todo en los países con gobiernos izquierdistas, como Venezuela), este mismo problema aparece, pues en la medida en que el trabajador entrega forzosamente su labor al Estado y al colectivo (y no la goza individualmente), termina por despreciar el trabajo. El socialismo, me temo, puede conducir tanto como la esclavitud, a que la gente odie el trabajo.
    

lunes, 21 de marzo de 2016

Obama en Cuba, y el fin de la Dinseylandia progre

            La crítica habitual al capitalismo es que genera desigualdad y explotación. Fue ésta la principal queja de Marx, Engels y Lenin. Pero, en vista de que aparentemente los más pobres y supuestamente explotados no se alzaban, e incluso, parecían tener un buen nivel de vida, la izquierda tuvo que buscar otras críticas. Surgió así la llamada “Escuela de Frankfurt”, y se empezó a postular que lo malo del capitalismo no es solamente económico, sino también cultural y psicológico. El capitalismo nos aliena y deshumaniza.
            Una variante de esa crítica postula que el capitalismo, en su intento de convertir todo en mercancía, agresivamente busca crear grandes espectáculos que incentiven el consumo. Y así, la sociedad se convierte en un gran show mediático. El francés Guy Debord escribió un famoso libro denunciando a la “sociedad del espectáculo”.

            Luego, uno de sus discípulos, Jean Baudrillard, desarrolló aún más esa crítica. Baudrillard postulaba que el capitalismo y la modernidad, en su incesante búsqueda de generar espectáculos, ha entrado en una fase de híperealidad. Todo es una simulación, al punto de que perdemos interés en las cosas reales, y nos sentimos mucho más atraídos por los simulacros que el capitalismo continuamente genera. El mundo se convierte cada vez más en algo parecido a Disneylandia: un lugar plástico, con gente sonriente a toda hora, que reproduce en serie experiencias simuladas.
            Esto explica muy bien, por ejemplo, el auge de los reality shows. La gente se aburre ya con obras de teatro o películas. Quiere experimentar algo más real. Y así, los productores de televisión formulan programas en los que gente real (no actores) desarrolla dramas. Lo real y lo virtual se entremezclan cada vez más, al punto de generar una tremenda confusión.
            Gracias a Baudrillard y a sus seguidores, estamos acostumbrados a asumir que todo este simulacro e híperealidad es un vicio exclusivo del capitalismo. Puede ser así, pero hemos de comprender que la izquierda misma ha incurrido en ese vicio. Y, la reciente visita de Barack Obama a Cuba así lo demuestra.
            Mucha gente en la izquierda ha visto la llegada de Obama a Cuba como un avance positivo. La isla caribeña ya no sufrirá más el embargo, y sus condiciones de vida mejorarán. Pero, un sector de la izquierda en el Primer Mundo, se empieza a lamentar, pues postula que la llegada de Obama abrirá paso a McDonalds, Disney, y el resto de la vorágine capitalista. Y así, según ellos, Cuba ahora está expuesta a la cultura del simulacro y la híperealidad que tanto cultiva el capitalismo. Cuba era uno de los últimos bastiones de autenticidad que quedaban en el mundo. Ahora, con la llegada de Obama, pasará a convertirse en un país plástico que reproduce experiencias manufacturadas en serie. Cuba será la próxima Dinseylandia.
            Es urgente apreciar que, en realidad, quienes pretenden hacer de Cuba una Disneylandia, son los mismos nostálgicos del Primer Mundo que quieren evitar que a la isla llegue el desarrollo y el progreso. Estos nostálgicos coleccionan artefactos de la Guerra Fría, leen libros de aquel período, y se deleitan con las fotografías de los barbudos entrando en La Habana. Pero, lo mismo que el espectador común se aburre con las películas y prefiere un reality, estos nostálgicos comunistas se aburren con recordar la historia de la Guerra Fría, y quieren mantener un museo viviente de aquel período.
La Cuba de Fidel, la de los carros destartalados y los edificios deteriorados, es la Dinseylandia del progre que quiere escapar un fin de semana, de la aburrida vida en Londres o Nueva York. Ese progre habrá visto algunos documentales y habrá leído algunos libros sobre el socialismo, pero quiere experimentar algo más real. Y así, le agrada tener a los ciudadanos de todo un país, como empleados que recrean el resort turístico y el parque temático de “auténtico socialismo”. De ese modo, ese progre habrá tenido su dosis de híperealidad. No brincará de alegría al ver a Mickey deambular por las calles, pero sí estará muy emocionado al ver a un auténtico barbudo vestido de verde oliva.

Por supuesto, su deleite con la híperealidad sólo será un fin de semana. Cuando ese mismo progre tenga necesidad de resolver una necesidad material básica, desesperadamente querrá volver a su ciudad de origen, pues en el fondo de su conciencia sabe muy bien que, aun si La Habana es muy atractiva como parque temático, es precisamente eso: un parque temático, una simulación más. Obama, pues, es el gran saboteador que pondrá fin a ese parque temático.

domingo, 20 de marzo de 2016

Rita Maestre, la blasfemia, y la propiedad privada

            Supuestamente Voltaire dijo, en una frase apócrifa, aquello de “no estoy de acuerdo con vos, pero lucharé hasta la muerte por vuestro derecho a expresaros”. Pues bien, yo añado: “aun si estoy de acuerdo con vos, no os apoyaré, si no os expresáis adecuadamente”. Y, este añadido guía mi opinión respecto al reciente caso de Rita Maestre en España.
            Maestre, una activista del partido político Podemos, participó en una protesta en una capilla de la Universidad Complutense de Madrid, en 2011. Ahí, supuestamente, desnudó sus pechos y gritó consignas ofensivas, como “Arderéis como en el 36”, y otras no tan ofensivas, como “Sacad vuestros rosarios de nuestros ovarios”, “contra el Vaticano, poder clitoriano”. Maestre niega haberse desnudado o haber proclamado las consignas más ofensivas, pero no niega haber irrumpido en la capilla para protestar sin autorización. Ahora, ha sido multada, pues un juez ha sentenciado que su acción violó el artículo 524 del Código Penal de España.

            Obviamente hay un trasfondo político en todo esto, pues la acusación es una campaña de guerra sucia en contra de una militante de Podemos, una organización muy odiosa a las oligarquías españolas. Pero, la ley es la ley, y el citado artículo es muy claro: “El que en templo, lugar destinado al culto o en ceremonias religiosas, ejecutare actos de profanación en ofensa de los sentimientos religiosos legalmente tutelados, será castigado con la pena de prisión de seis meses a un año o multa de 12 a 24 meses”. El juez hace lo que le corresponde.
            Podemos discutir si debe obedecerse o no una ley injusta. Pero, en el caso del artículo 524 del Código Penal de España, sí lo considero una ley justa, y por ende, debe ser cumplida. Siempre he defendido el derecho a la blasfemia en la esfera pública. Pero, no veo mal que un Estado garantice espacios privados para que los propietarios de ese espacio, resguarden respeto a sus símbolos sagrados en esos linderos.
            Yo comparto casi todas las consignas de Maestre (no la que anuncia que las iglesias arderán como en el 36, aunque ella supuestamente no la pronunció). Y, estimo que un Estado verdaderamente liberal (como el que defiendo), debe admitir el derecho de un ciudadano a ofender a cuanta religión o ideología quiera. Pero, ese mismo Estado liberal debe resguardar la propiedad privada. Y, la propiedad privada implica que el propietario de un espacio privado tiene el derecho a imponer normas respecto a qué puede y qué no se puede decir y hacer, quien decida visitar el recinto.
Esto aplica, tanto a un templo cuyo propietario es la Iglesia Católica, como a un edificio cuyo propietario es algún partido político. Si el Partido Comunista me advierte que yo puedo entrar a su sede, sólo si me abstengo de ofender a Marx y Lenin, está en todo su derecho de hacerlo. Si yo entro en la sede, y no cumplo esa condición, el Partido Comunista tiene todo el derecho de expulsarme del edificio. Nadie se escandaliza cuando, en una mezquita, se pide a las mujeres colocarse un velo, y a los hombres quitarse los zapatos, todo con el objetivo de respetar la sacralidad del espacio. ¿Por qué ha de escandalizar que en una iglesia, se exija a la gente no ofender con consignas provocativas?
Por supuesto, lo verdaderamente justo sería, no una ley que diga que no se puede profanar templos religiosos, sino una ley que especifique que, en todo espacio privado, el propietario (sea un particular, o un colectivo, como es el caso de la Iglesia Católica) tiene derecho a imponer las pautas de conducta a los visitantes, y que si estas pautas no se cumplen, puede haber una sanción penal.  
            Supongo que la capilla de la Universidad Complutense es un caso más complejo, pues está en una universidad pública supuestamente laica. Y, precisamente, Maestre protestaba en contra del deterioro del carácter laico del la universidad española. Pero, en líneas generales, sostengo la opinión de que, al entrar como visitante a un recinto privado, debo acatar las normas de su propietario. Este caso no se trata del derecho a la blasfemia, sino de la defensa de la propiedad privada.
            Un caso más claro, me parece, es el de las Pussy Riots en Moscú, en 2012. Allí, unas jóvenes irrumpieron en la catedral del Cristo Salvador (a diferencia de la capilla de la Universidad Complutense, ésta no está inscrita en otras instalaciones de espacios públicos laicos), montaron un pequeño concierto de rock, sin la autorización de los administradores del recinto. Las jóvenes fueron severamente castigadas.

La protesta de las Pussy Riots era muy legítima: la complicidad de la Iglesia Ortodoxa rusa en los abusos de Putin, y la severidad del castigo confirma la sucia alianza entre Putin y la Iglesia. Pero, de nuevo, yo estoy dispuesto a defender el derecho a la blasfemia, sólo en la esfera pública; no en los espacios privados cuyos propietarios son los ofendidos por la blasfemia. Si para blasfemar, se viola el derecho de propiedad, cesa mi apoyo. Los curas ortodoxos me pueden resultar abominables, pero su propiedad debe respetarse. Precisamente la defensa del derecho a la propiedad, es una de las causas por las cuales, nosotros los liberales debemos repudiar el gobierno de Putin.
            Y, así como el castigo contra Maestre tiene una clara intencionalidad política, la forma en que un sector de la izquierda hace escándalo con el caso, tiene también una intencionalidad política. Pues, si bien Putin no es ningún paladín del socialismo, el hecho de que se enfrenta a Occidente, lo convierte en un aliado circunstancial de algunos progres. Esos progres, lamentablemente, forman un escándalo cuando quien blasfema es de izquierdas y quien castiga es de derechas; pero callan cuando quien castiga es un aliado de los progres.