domingo, 28 de febrero de 2016

Dinesh D'Souza, los políticos, y los ladrones

            En los últimos años, Dinesh D’Souza ha asumido un papel bufón. En alguna ocasión, D’Souza fue un autor bastante serio, pero en fechas más recientes se ha dejado influir demasiado por el estilo idiotizado de gente como Glenn Beck. Y, así, en vez de seguir criticando racionalmente los programas de acción afirmativa en EE.UU., y de señalar los aspectos positivos del colonialismo en la historia de la India, D'Souza optó por montar una absurda teoría de la conspiración, según la cual, Barack Obama es en realidad un anti-colonialista (como si el colonialismo no fuese criticable) que, debido a algunos traumas de su infancia, ahora secretamente quiere destruir a EE.UU.
            Pero, aún en su bufonería, D’Souza siempre tiene algo interesante que decir, y su estilo ensayístico no deja de ser cautivador. Y de esa manera, en su más reciente libro, Stealing America (Robando a América), aun si D’Souza dice muchas tonterías, su tesis central sí invita a mucha reflexión.

            El libro es en parte una memoria de su vida durante el tiempo en el cual estuvo preso. D’Souza violó las leyes norteamericanas sobre el financiamiento a campañas políticas, y un juez lo sentenció a varios meses de confinamiento en una cárcel. D’Souza, que siempre ha criticado correctamente la victimología que predomina en la izquierda norteamericana (sobre todo entre las minorías étnicas), ahora él mismo asume esa victimología, al alegar que, si bien él admite su culpabilidad, él es en realidad víctima de una conspiración. Pues, opina D’Souza, el castigo que recibió fue desproporcionado, y otra gente que ha cometido la misma falta, no ha recibido la misma pena.
Según D’Souza, él es víctima de una conspiración orquestada por el propio Barack Obama, pues D’Souza ha cobrado prominencia con sus libros y películas en contra del presidente norteamericano. Todo este argumento es un poco megalomaníaco y paranoico: es muy dudoso que Obama, con tantos problemas que tiene que enfrentar y tanta gente que lo adversa, hubiera perdido su tiempo en organizar un ataque contra D’Souza, un intelectual que, si bien tiene algún renombre, no tiene tanta influencia política.
El libro es un retrato de algunos de los criminales comunes con los cuales D’Souza tuvo que convivir durante su presidio. D’Souza busca comparar a esos prisioneros con los políticos norteamericanos del Partido Demócrata norteamericano. A su juicio, todos ellos se valen de las mismas tácticas para orquestar sus robos.
La táctica básica en los robos, dice D’Souza, es el engaño. El ladrón, para ser hábil, tiene que dar la apariencia de no robar, a fin de poder concretar su acción. Y, esto lo hace muy bien el político. El discurso de la “justicia social”, opina D’Souza, es una artimaña del populista para lograr que los tontos útiles roben sin que parezca un robo. Bajo la excusa de luchar contra la desigualdad, el político logra que las masas le den poder, y con ese poder, impunemente despoja a los más ricos de sus propiedades, siempre bajo la promesa de repartir la riqueza. Pero, como bien reza el refrán, el que parte y reparte se queda con la mejor parte.
El libro de D’Souza es interesante porque esboza cómo Robin Hood (curiosamente D’Souza nunca nombra al legendario personaje) fácilmente se convierte en Don Corleone (tampoco nombra al protagonista de El padrino). D’Souza habla poco de América Latina en el libro, pero no es muy difícil ver en nuestra región cómo los grandes capos, desde Pablo Escobar hasta el Chapo Guzmán, han querido jugar a ser los Robin Hoods que roban a los ricos para dar a los pobres, pero que en ínterin, terminan disfrutando de grandes fincas y matando a quien no acepte lo que ellos consideran que es el debido reparto.
D’Souza cita un famosísimo ejemplo que ofrece San Agustín en La ciudad de Dios. Cuenta San Agustín que Alejandro Magno se encontró con un pirata y le reprochó su actividad de pillaje. El pirata respondió que, en realidad, él hacía lo mismo que el gran emperador; la única diferencia es que el pirata tenía un pequeño barco, mientras que Alejandro tenía toda una flota.
Y, ésta es una cuestión filosófica con la cual hizo mucho renombre Robert Nozick (D’Souza no lo cita, pero repite muchos de sus argumentos). ¿Cómo se distingue el Estado y la mafia? ¿Cuál es la diferencia entre un impuesto y una extorsión? Podrá decirse que, a diferencia de la mafia, el Estado procede de un contrato social, pero, ¿qué hay de aquellos que no dieron consentimiento a ese contrato y no quieren entregar parte de su propiedad?, ¿deben ser despojados igualmente?
Sí, ciertamente hay mucha desigualdad en el mundo. Pero, si esa desigualdad no viene de condiciones de explotación y el rico ha ganado el dinero limpiamente (como en algunos ejemplos clásicos que Nozick ofrece y que D’Souza repite), ¿con qué autoridad moral podemos expropiar a alguien que ha conseguido su riqueza con el fruto de su trabajo? D’Souza se opone en particular a teóricos de la justicia como Amartya Sen, quienes plantean que, aun si no ha habido explotación, el mero ideal de igualdad podría ser suficiente para justificar quitar las propiedades a quienes las producen, y dárselas a quienes no las tienen.
A Nozick le interesaba fundamentalmente el debate sobre si hay o no autoridad moral para repartir forzosamente la riqueza. Pero, Nozick no dedicó mucha atención a las situaciones concretas sobre cómo ocurre este reparto, y para él, la honestidad de los repartidores era un asunto marginal. En cambio, para D’Souza, ese aspecto es central. Y, esto es una debilidad en el libro, pues D’Souza termina satanizando a los izquierdistas, como si todos fueran genios malévolos que ante las cámaras predican la justicia social, pero que en realidad, todo es un gran truco para ellos mismos enriquecerse.
No cabe duda de que, en muchos casos, ha sido así. En los países comunistas, siempre surge una clase política acomodada que recita discursos muy lindos sobre la necesidad de que todos seamos iguales, aúpa a las masas con esa retórica, gana poder para expropiar, reparte algunas migajas, pero se queda con un buen trozo del pastel. Pero, pretender que toda lucha por la igualdad social es así de corrupta, como parece asumir D’Souza, es demasiado injusto.

En todo caso, ni Hillary Clinton ni Barack Obama (los dos grandes ogros en el libro de D’Souza) encajan mucho en el perfil del Robin Hood convertido en Don Corleone. D’Souza los pinta como si ellos fueran comunistas. Ciertamente, en algún momento esos políticos han simpatizado con una mayor redistribución de la riqueza en EE.UU., pero están muy lejos de proponer un reparto al estilo soviético o cubano; ambos han protegido los intereses de las clases más acomodadas.
Tampoco estos políticos han utilizado una retórica muy agresiva para aupar a las masas a fin de lograr expropiar a los más ricos; con todo, D’Souza detecta una influencia de Saul Alinsky, un agitador social izquierdista que supuestamente apadrinó a Obama y a Clinton; de nuevo, todo esto parece una gran teoría de la conspiración que, francamente, está más en la imaginación de D’Souza que en la realidad.

Stealing America tiene mucho sensacionalismo y resentimiento. D’Souza está molesto porque la justicia norteamericana lo atrapó cometiendo una fechoría, y se resiente de que Obama estuviera cómodo en la Casa Blanca, mientras que él tenía que estar en la cárcel. D’Souza asumió su castigo como si se tratase de una vendetta personal de Obama contra él, y su respuesta fue presentar al presidente (y ahora, a su posible sucesora) como si fuera un hampón. Pero, en medio de esta diatriba, D’Souza trae a la palestra algunos puntos interesantes de la filosofía libertaria pro-capitalista, y sólo por eso, su libro es rescatable.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Ben Carson, Nicolás Maduro, y las políticas de la identidad

            En EE.UU., ser negro puede ser una desventaja cuando se trata de la brutalidad policial, o de conseguir un trabajo en el sector privado. Pero, no es una desventaja cuando se quiere hacer carrera política. De hecho, Barack Obama muy astutamente usó su color de piel a su favor para llegar a la presidencia.
            Tal como lo ha argumentado el analista político Shelby Steele, el pueblo norteamericano quería quitarse de sus espaldas el peso odioso de la esclavitud y las leyes de segregación racial. Y, para demostrarle al mundo que su nación había ya madurado, estaba dispuesto a elegir a un presidente negro. Pero, no podía ser cualquier candidato negro. Tenía que ser alguien que no apareciese en una faceta demasiado vengativa y amenazante. Obama era perfecto para esa posición. Sí, su piel es oscura, pero como candidato, él no enfatizaba el tema racial explícitamente, y el votante blanco promedio quedó complacido con elegir a un negro que, en realidad, no sería muy radical.

            Con todo, si bien Obama no hizo mucho alboroto de su negritud explícitamente, implícitamente sí quedó en el entendimiento de los votantes de que, para poder sobreponer la culpa blanca, había que votar por él. Y, sus promotores (aunque, vale insistir, nunca Obama directamente) se encargaron de mercadear su candidatura como la del “primer presidente negro de EE.UU.”. Así pues, el ser negro fue una ventaja, y no una desventaja para Obama. En alguna ocasión, cuando Obama ha recibido críticas, hábilmente se ha refugiado en su color de piel, y ha querido chantajear a los demás diciendo que esas críticas se deben al hecho de que él es negro, y no porque realmente las merece. En el argot norteamericano, a esto le llaman “jugar la carta racial” (play the race card).
            En los propios EE.UU., hay intelectuales y políticos negros que repudian ese chantaje. La mayoría de estas personas proceden de la derecha y el partido republicano. Pero, el chantaje racial está tan difundido en EE.UU., que incluso desde la más rancia derecha, en ocasiones se hace este patético juego.
            El candidato ultraderechista Ben Carson es conocido por posturas ridículas, como por ejemplo, sostener la historicidad del relato sobre el arca de Noé. Pero, un punto positivo en la carrera política de Carson ha sido el repudio del chantaje racial, y la insistencia en que los negros norteamericanos deben asumir responsabilidades propias en buena parte de sus fracasos.
No obstante, es no ha impedido que Carson juegue la carta racial. En vista de que ya sus números no eran suficientes para continuar como candidato, Carson desesperadamente ha intentado usar su negritud como ventaja. Y, recientemente, ha dicho que él es más negro que Obama, pues éste tiene una madre blanca, y se crió entre blancos. En otras palabras, Carson está diciendo que deben votar por él, porque él sí es negro de verdad.
Esto se está convirtiendo ya en un vicio típico en la política norteamericana. Los comentaristas lo llaman las “políticas de la identidad” (identity politics). La argumentación política y las propuestas de soluciones a problemas concretos, ha sido reemplazada por concursos de popularidad en función de las identidades. El votante no vota por quien sea el más competente u ofrezca el mejor programa político, sino por quien pertenezca a un colectivo en particular. Y, así, el candidato presenta ante el electorado, no sus argumentos e ideas, sino su adscripción a esta o aquella clase social, religión o raza.
En América Latina, el tema racial no ha sido tan central como en EE.UU. Y, en ese sentido, en nuestra región no hay tanta obsesión con las políticas de la identidad. Fidel era blanco y rico, pero eso no impidió que los cubanos lo apoyaran en su revolución. Chávez quiso en algún momento presentarse como el zambo que haría justicia frente a los blancos, pero en realidad, no explotó demasiado esa táctica. Quizás el político latinoamericano que más ha utilizado el chantaje racial y las políticas de la identidad ha sido Evo Morales: de un modo muy parecido a Obama, su candidatura coqueteó con la promesa de ser el primer presidente indígena, y con eso, se hacía implícito que se debía votar por él, no propiamente por sus ideales y propuestas, sino por el mero hecho de ser indígena; pero de nuevo, lo de Bolivia no es ni remotamente comparable con las políticas de la identidad en EE.UU.

Con todo, como suele ocurrir, América Latina importa muchas cosas desde EE.UU., y las políticas de la identidad no son excepción. En una región en la cual ha habido muchísimo más mestizaje que en EE.UU., se hace más difícil jugar al chantaje racial. Pero, eso no impide acudir a otras formas de chantaje y políticas de la identidad. En nuestros países, el chantaje se hace más sobre la base de la clase social. Así, por ejemplo, en Venezuela, Nicolás Maduro se ha querido mercadear como el “primer presidente obrero” de este país. Esto, demás está decir, es jugar a las políticas de identidad a lo bestia. Maduro no promueve sus ideas ni ofrece soluciones a problemas concretos, sino que sencillamente, dicen que deben votar por él, por el mero hecho de que él es obrero y sus rivales no lo son.

Ya Platón decía en La república, que el barco se hundiría si los marineros eligen como capitán, no al que realmente sepa navegar, sino al más simpático. Lamentablemente, los obreros de Venezuela seguirán sufriendo si siguen eligiendo como presidente, no a quien realmente mejore las condiciones de los obreros, sino a quien más vocifere ser uno de ellos. De hecho, la predicción se ha cumplido: Venezuela atraviesa la peor crisis económica de su historia, y el “presidente obrero” no tiene ni la menor idea sobre cómo resolverla.

lunes, 22 de febrero de 2016

La hipocresía del hijab

            He visto últimamente varias muchachas en Maracaibo vistiendo hijab, el velo islámico. En Francia y otros países de fuerte tradición laicista, las autoridades buscan prohibir el hijab; o al menos, la burka (a diferencia del velo tradicional, cubre toda la cara) y el niqab (cubre todo menos los ojos). Yo tengo enromes simpatías por el laicismo republicano de inspiración francesa, pero no comparto esta iniciativa. Salvo por motivos de seguridad (como en fotos de carnets o acceso a bancos), o por motivos de recato religioso en escuelas públicas, me parece que el cultivo de la libertad implica que las mujeres puedan llevar el velo si ésa es su elección. Por supuesto, yo quisiera que esas mismas mujeres que forman tanto alboroto luchando por su derecho a llevar el velo, lucharan también por las mujeres en países musulmanes que luchan por su derecho a no llevar el velo.

            Si bien admito el derecho de las mujeres a llevar el velo, no por ello dejo de criticar semejante costumbre. Es llanamente machista: la mujer debe ir recatada, pero esa exigencia no aplica al hombre. Quienes defienden el uso del hijab, dicen que es una protección a la mujer. No viene mal que las mujeres adquieran conciencia de los riesgos que hay en vestirse muy provocativamente en situaciones que pueden conducir a la violación, pero, ¿realmente el poner un trapo sobre la cabeza va a frenar a un violador?
            En muchos escenarios, el velo efectivamente cumple su función. Pero, en muchos otros, el hijab más bien tiene el efecto contrario de lo que originalmente pudo haber buscado Mahoma cuando recitó el verso del Corán que exigía una vestimenta modesta (33:58-59). Pues, en torno al hijab, hay toda una industria del fashion, cuyo propósito es, precisamente, hacer a la portadora más atractiva. De hecho, yo mismo que quedado cautivado con la belleza de las muchachas que llevan el velo en Maracaibo.
            Ya en el siglo XIX, la pintura y literatura orientalista producida en Europa, sexualizó el velo islámico. Se interpretaba como una pantalla (eso es precisamente lo que significa la palabra árabe hijab) para ocultar la belleza; pero como suele suceder, esta pantalla suscitaba aún más la curiosidad de los hombres. En la imaginación orientalista, el sexo en los países musulmanes estaría imbuido de misterio y fascinación respecto a lo que había detrás de la cortina. El personaje de Mi bella genio utilizaba el velo para cautivar a su amo, e inevitablemente, la pornografía de tiempos más recientes ha empleado el velo de una forma muy vulgar.
            Ciertamente, en un inicio, éstas eran fantasías europeas sobre Oriente. Pero, las propias clases acomodadas de los países musulmanes se han encargado de hacer que esto ya no sea meramente fantasías orientalistas. Muchas mujeres musulmanas cumplen el precepto del Corán y con eso pretenden satisfacer a Dios, pero inmediatamente intentan burlar a Dios.

Es algo muy parecido a lo que hacen algunos judíos para no irrespetar el sábado (sobre todo los miembros de la “Sociedad para la ciencia y la Halacha”). Por ejemplo, un inventor ha diseñado un teléfono, el cual se puede marcar indirectamente, y así no se viola la prohibición de marcar el teléfono durante el sábado. Bill Maher documenta éste y otros absurdos en su genial película Religulous. Pues bien, así como algunos judíos tratan de hacer actividades sin violar el descanso sabatino, algunas mujeres musulmanas (aupadas por la creciente industria del fashion que hay detrás de ellas) tratan de mantenerse muy atractivas, aún llevando el velo. El resultado, como muchas veces ocurre en la religión, es una hipocresía de la peor calaña.
Al final, en las zonas más occidentalizadas del mundo musulmán (así como en las zonas de Occidente con números considerables de musulmanes), el hijab se ha convertido en algo similar a la camiseta del Che Guevara: es una prenda que se la ha tragado el sistema, y se emplea ahora para promover aquello que, originalmente, se proponía combatir.

sábado, 20 de febrero de 2016

¿Es reformable el Islam?

El Medio Oriente es una zona sumamente conflictiva, y estos conflictos empiezan a salpicarnos, con atentados en Madrid, París, Londres, Buenos Aires y otras ciudades occidentales. ¿Es el Islam el problema? En parte, por supuesto que sí lo es. No logramos nada con intentar tapar el sol con un dedo, y pretender que en esta religión, todo es paz y amor. Las barbaridades de la shariah, la división del mundo en la casa del Islam y la casa de la guerra, y la proclamación de la yihad, tienen firme respaldo doctrinal en el Islam. Algunas otras barbaridades no vienen propiamente de las doctrinas islámicas (la ablación del clítoris, los asesinatos por honor), pero no nos engañemos: casi todos los aspectos brutales que tanto se denuncian en el Islam, no son inventados; efectivamente, tienen fundamento doctrinal.

            Con todo, las doctrinas islámicas son condición necesaria para toda esa barbarie, pero no condición suficiente. Sin las provocaciones y las agresiones occidentales, el mundo musulmán no sería tan hostil. Esas ideas extremistas siempre están ahí, pero si no hay nadie que las alborote, la mayoría de los musulmanes no las tomarán muy en serio. Si los franceses e ingleses no hubieran roto su promesa a los súbditos árabes del imperio otomano; si la partición de Israel y Palestina hubiera sido más justa; si no se hubiese derrocado al progresista Mossadegh en Irán; si no se hubiera apoyado a tantos dictadores árabes laicos; si no se hubiera invadido Irak; si no se despreciara tanto a los inmigrantes magrebíes en Francia; seguramente el Islam no mostraría su lado más violento.
            Pero, no nos engañemos. El propio contenido de la religión islámica influye mucho. Los cristianos palestinos sufren las mismas vejaciones que los musulmanes palestinos en la ocupación israelí. Pero en Cisjordania, son los musulmanes, y no los cristianos, quienes se inmolan y en su martirio, asesinan a civiles inocentes. Su inspiración no aparece de la nada. Tiene catorce siglos de respaldo.
            Entonces, ¿está condenado el Islam a ser siempre una religión de fanáticos? No necesariamente. Siempre son posibles las reformas. El estudio de la historia del judaísmo y el cristianismo, da sustento a ese optimismo. En el siglo II antes de nuestra era, surgió una variante de yihadistas en el seno del judaísmo: los macabeos. Proclamaron una guerra santa, vencieron a los ocupantes griegos, e impusieron una feroz teocracia, con leyes muy parecidas a las que promulga la shariah. Inspirándose en ellos, algunas décadas después de Jesús, otros fanáticos judíos, los celotas, organizaron una revuelta religiosa contra los romanos, pero ésta sí fracasó. ¿Está el judaísmo condenado a ser la religión fanática de los macabeos y los celotas? No. En el judaísmo, hubo reformas importantes. Y, por más que podamos criticar al Estado de Israel en muchas cosas (incluyendo la ocupación de los territorios palestinos), debemos al menos reconocer que es un Estado laico, y el país más democrático de todo el Medio Oriente. Si los judíos siguieron practicando su religión, pero lograron mantener un Estado laico, y neutralizaron a los fanáticos religiosos, no hay motivo para pensar que no se pueda hacer lo mismo en el Islam.
            Algo similar ocurrió en el cristianismo. Desde la conversión de Constantino, y hasta el siglo XVIII, la Iglesia y el Estado estuvieron unidos en Occidente. Hubo esclavitud,  cruzadas, inquisiciones, guerras y fanatismo a lo bestia, todo en nombre de Cristo. Hoy podemos ser muy críticos con nuestra propia civilización, pero podemos felicitarnos, al proclamar que en Occidente, el fanatismo religioso quedó atrás, y somos una civilización bastante secularizada. En nuestros países, por fortuna, se acabaron las teocracias.
            Es cierto que, al menos en el caso de ijtihad (las discusiones sobre la shariah), tradicionalmente ha quedado establecido que, hacia el siglo X, se completó la deliberación entre juristas, y ya se dijo todo lo que había que decir sobre asuntos jurídicos (“se cerraron las puertas de ijtihad”, como reza una proclama frecuentemente invocada). En teoría, eso obstaculiza las reformas. Pero, esto es meramente una opinión entre juristas, y no hay nada que verdaderamente las impida. A la par de toda esa alarmante y creciente corriente de fanatismo que he reseñado, hay también voces moderadas en el Islam que quieren hacer con esa religión, lo que los modernizadores hicieron con el judaísmo y el cristianismo. Cada vez tienen menos prominencia, y demográficamente están perdiendo fuelle, pero están ahí. Tarek Fatah, Hussein Jomeini (el nieto del ayatolá), Irshad Manji, y muchos otros, son musulmanes moderados que piden a gritos una reforma modernista en el Islam.
En la historia del Islam, cada vez que ha habido una crisis, los reformadores que surgen proponen como alternativa más fanatismo, más rigurosidad en la vuelta a los orígenes del Islam en el siglo VII. Pero, afortunadamente, están también esos reformadores modernistas que, si bien tienen respeto por lo que Mahoma pudo haber hecho en el siglo VII, están muy conscientes de que pretender un regreso al Islam más prístino es un anacronismo. Estos musulmanes modernistas creen que se puede preservar el mensaje de justicia social del Islam, así como conservar su riqueza cultural. Pero, a la par, estiman necesario separar la religión del Estado, promueven una lectura crítica del Corán, los derechos humanos, la liberación femenina, etc.
Por supuesto, para lograr esto, esos musulmanes moderados deben ellos mismos rechazar algunas creencias que en el Islam tradicionalmente se han considerado básicas. No es posible estudiar críticamente el Corán, ni cuestionar la shariah (que toma como principal fuente al Corán), si se sigue creyendo que ese libro es eterno e increado, la palabra literal de Dios. No es posible oponerse al matrimonio de niñas, si se sigue pensando que Mahoma es el “modelo excelente de conducta”. No es posible criticar la destrucción de esculturas babilónicas a manos del Estado Islámico del Levanta e Irak, si se sigue celebrando que Mahoma destruyera los ídolos de la Kaaba.
Pero, vale advertir: no hay un Papa en el Islam, y eso permite a estos modernistas tener más flexibilidad para abandonar, o al menos relativizar, algunas posturas que clásicamente se han defendido en el Islam. Durante el califato Abasida, los mutazilíes fueron suprimidos. Pero, nada impide que surjan modernistas que, como aquellos filósofos racionalistas, moderen el fanatismo de una religión, sobre cuya base se construyó una civilización muy esplendorosa.
Un amigo me decía que debemos buscar una alianza con los ateos y agnósticos del mundo musulmán, para hacer frente al fanatismo. Ciertamente, lo más ideal sería que todos los musulmanes del mundo aplicaran el razonamiento de Hume respecto a los alegatos religiosos, y comprendieran que es más probable que Mahoma mentía o alucinaba, y no que se le apareció el ángel Gabriel.
Pero, hay que colocar los pies sobre la tierra, y aspirar a algo más real. Por ello, mucho más que con los ateos y agnósticos del mundo musulmán, a Occidente le conviene estimular a los reformistas modernizadores y moderados que, aun vistiendo sus ropas tradicionales y rezando cinco veces al día, defiendan la democracia, el laicismo, la igualdad de género, los derechos humanos y el pensamiento crítico.
Hay con todo, un riesgo. Nunca podemos estar plenamente seguros de que los musulmanes que predican paz y amor, y aparentan ser moderados, en realidad lo son. Pues, en el Islam (sobre todo en la rama chiita, pero no exclusivamente), existe la doctrina de la taqiyya, la ocultación. Bajo esta doctrina, si un musulmán siente que su fe está en peligro, puede disimularla haciendo creer que no la profesa.
En Occidente, mucha gente critica esto como una grave inmoralidad, pues invita a mentir. Yo, en cambio, no veo la gravedad. En mi país, yo mismo he estado en situaciones en las cuales debo esconder mis afiliaciones políticas, a fin de preservar mi seguridad laboral. Fue lo mismo que hicieron los criptojudíos y criptomusulmanes en España por varios siglos para poder sobrevivir, y francamente, no los culpo. La mentira puede tener justificaciones morales.

El problema, no obstante, es que la taqiyya puede ser utilizada por extremistas islámicos que, ante Occidente, quieren dar la impresión de que el Islam es una religión pacífica, a fin de que los musulmanes sean aceptados. Pero, una vez que sus números hayan crecido en Occidente, y hayan logrado penetrar nuestra civilización, se acabaría la pretensión, y se intentaría la conquista. Algunos musulmanes aparentemente modernistas, como Tariq Ramadan, dicen cosas muy progresistas cuando están frente a audiencias occidentales, pero cosas muy retrógradas cuando están ante audiencias en países musulmanes (esto ha sido ampliamente documentado por la periodista Caroline Fourest en su libro Hermano Tariq).

Ciertamente, ese riesgo está ahí, pero yo lo considero demasiado alarmista. Esa preocupación, además, termina por castigar duramente a cualquier musulmán que genuinamente quiera modernizar el Islam. Si un musulmán predica barbaridades, diríamos que el Islam es una religión fanática; si un musulmán predica cosas lindas, diríamos que está practicando taqiyya. No podemos proceder así. Sí, efectivamente hay un riesgo de que nos engañen, pero la paz exige riesgos. Démosle una oportunidad, como bien cantó John Lennon. 

¿Es el Islam el problema?

Los Hermanos Musulmanes, una de las organizaciones integristas musulmanas más activas hoy, tienen un lema: “El Islam es la solución”. Según ellos, la religión islámica es la solución para todos los problemas de la humanidad: ambientales, económicos, políticos, militares, delincuenciales, medicinales, etc. Demás está decir que esto es una colosal tontería.
            Pero, si el Islam no es la solución, ¿es el problema? En las últimas tres décadas, ha habido mucha violencia en el mundo. ¿Podemos encontrar un factor común en buena parte de esta violencia? Pensemos en varios de los grandes conflictos de los últimos años: palestinos musulmanes contra judíos israelíes; chechenos musulmanes contra cristianos rusos; musulmanes pakistaníes contra hindúes indios en Cachemira; norteños musulmanes contra sureños cristianos y animistas en Sudán; norteños musulmanes contra sureños cristianos en Nigeria; bosnios musulmanes contra serbios cristianos. El Islam parece ser el problema.

            Esto invita a pensar: ¿hay algo intrínseco en el Islam que incite a la violencia? ¿Era Osama Bin Laden un degenerado que desvirtuó su religión, o sencillamente, estaba actuando acorde a los parámetros del Islam? Evidentemente, la abrumadora mayoría de los musulmanes del mundo son personas pacíficas. Es cierto que en la opinión pública de los países musulmanes, hay más apoyo a las acciones terroristas. Pero, es un despropósito suponer que los más de mil millones de musulmanes en el mundo están dispuestos a matar en nombre de su religión. Con todo, vale preguntarse: independientemente de que sean o no sean pacíficos, ¿qué les dice su religión sobre la violencia?
            Como en casi todas las discusiones sobre el Islam, el punto de partida debe ser el Corán. Por supuesto, lo mismo que los videojuegos y los cómics, en principio, ningún libro tiene el suficiente poder como para hechizar a sus lectores y conducirlos a cometer barbaridades. Pero, la devoción que los musulmanes le tienen al Corán, no es como la que los cristianos le pueden tener a la Biblia, los nazis a Mi lucha, o los hindúes al Baghavad Gita. El Corán es la palabra literal, eterna e increada de Dios. Lo que se diga en ese libro sobre la violencia, ciertamente no será determinante, pero ejercerá alguna influencia considerable.
            Y, es fácil ver cómo los musulmanes que hacen el bien y aborrecen la violencia (y seguramente son la mayoría), pueden basarse en el Corán. Pues, en el Corán hay muchos pasajes que exhortan a la paz, a la tolerancia, y a la convivencia. Veamos algunos.
            En el sermón de la montaña, Jesús exhorta a un pacifismo incondicional: “No resistáis al mal; antes bien, al que abofetee en la mejilla, ofrécele la otra” (Mateo 5:39). En mi libro Jesucristo ¡vaya timo!, he sometido a crítica esta exhortación. Tenemos el derecho a la defensa propia, y sería suicida entregar la otra mejilla a quien quiere destruirnos. Supongo que los musulmanes opinarán que esa parte del evangelio fue corrompida, pues el Corán no habla en ningún momento de ofrecer la otra mejilla. El Corán admite la violencia, en defensa propia, pero haciendo énfasis en que no se debe ser el agresor: “Combatid en el camino de Dios a quienes os combaten, pero no seáis los agresores. Dios no ama a los agresores” (2:190). A mi juicio, se trata de un mensaje bastante positivo.
            Hay dos versos que son muy frecuentemente invocados por quienes quieren defender el carácter pacífico del Islam. “¡No hay compulsión en la religión! Quien es infiel a Tagut y cree en Dios, ha cogido el asa más fuerte, sin grieta. Dios es oyente, omnisciente” (2:256). Contrariamente a lo que muchas veces se dice, éste no es un verso de pluralismo religioso. Claramente muestra desprecio por el culto a Tagut, y en el próximo verso (2:257), se condena al infierno a quien no crea en Dios. Pero, al menos, se está diciendo que, en esta vida, no debe haber compulsión en la religión. Cada quien es libre de creer lo que quiera.
            El otro verso que frecuentemente se invoca, es aún más abierto y tolerante: “Tenéis vuestra religión. Yo tengo mi religión” (109:6). La implicación es que, cada quien puede creer en lo que quiera, y no hay necesidad de estarnos matando los unos a los otros por eso. Ojalá la humanidad entendiera esto.
            Así pues, si el Corán enseña estas cosas tan lindas, ¿en qué se basan los terroristas islámicos para justificar sus barbaridades? Se basan, lamentablemente, en el mismo Corán. La cantidad de versos que sí incitan a matar infieles y a no tolerar otras religiones, es abrumadoramente superior a la cantidad de versos pacíficos. El Corán, me temo, es algo así como el Dr. Jekyll y Mr. Hyde. En una página se pueden decir cosas que diría Gandhi, y en otra, se pueden encontrar cosas que diría un psicópata. Pero, en la clásica novela de Robert Louis Stevenson, había un balance entre la bondad del Dr. Jekyll y la maldad del Mr. Hyde. En el Corán, lamentablemente, es más preponderante la violencia.
            Veamos algunos de estos versos. “Los hipócritas querrían que apostataseis como ellos han apostatado y que fueseis sus iguales. No toméis jefes de entre ellos hasta que se alejen por la senda de Dios que conduce al combate: si vuelven la espalda, cogedlos, matadlos dondequiera que los encontréis” (4:89).
Más violencia: “La recompensa de quienes combaten a Dios y a su enviado y se esfuerzan por difundir por la Tierra la corrupción, consistirá en ser matados o crucificados, o en el corte de sus manos y pies opuestos, o en la expulsión de la tierra que habitan. Esto será su recompensa en este mundo” (4:118). “Dios ha comprado a los creyentes sus almas y sus riquezas, porque les pertenece el paraíso: combaten en la senda de Dios y matan y son matados” (9:111).
Seguramente el verso más escalofriante de todo el Corán, es aquel que ha venido a ser conocido como “el verso de la espada”, y es el que con más frecuencia citan los terroristas islámicos para justificar sus actos. Dice así: “Cuando terminen los meses sagrados, matad a los idólatras donde los encontréis. ¡Cogedlos! ¡Sitiadlos! ¡Preparadles toda clase de emboscadas! Si se arrepienten [es decir, si abandonan su religión y se convierten al Islam], cumplen la plegaria y dan limosna, dejad libre su senda: Dios es indulgente, misericordioso” (9:5).
Frente a éste, y otros versos igualmente violentos, los apologistas del Islam que quieren presentar a la religión en una faceta pacífica, suelen decir que es necesario ubicar estos pasajes en contexto. Cuando Mahoma recitaba estos versos, se encontraba en situaciones defensivas (aunque no es del todo cierto que Mahoma hizo campañas militares exclusivamente defensivas; en muchas ocasiones, él mismo fue el agresor), y de eso se deriva que esas exhortaciones sólo atañen a esas situaciones en la Arabia del siglo VII.
Es difícil comprender esto. Si, como creen la mayoría de los musulmanes, el Corán es la palabra literal e increada de Dios, ¿cómo puede entonces ser sometido a las limitaciones de un contexto histórico temporal? Si el Corán es increado, ha existido desde siempre, y en un sentido, está fuera del tiempo; entonces su mensaje no está reservado para las situaciones de la Arabia del siglo VII, sino para todas las épocas.
De hecho, tradicionalmente, varios comentaristas del Corán, en quienes los propios musulmanes se basan muchas veces para interpretar su libro sagrado, han postulado que la exhortación del “verso de la espada”, así como la de los otros versos violentos, tienen validez universal. Por ejemplo, en el siglo XIV, el teólogo Ibn Kathir (posiblemente el comentarista del Corán más respetado por los musulmanes) sostenía que ese verso seguía teniendo validez en su época, y debía aplicarse como tal (a pesar de que Ibn Kathir vivió siete siglos después de Mahoma).  Así, hay una obligación constante de asediar a los infieles, hasta que acepten el Islam.
Todo esto, al final, parece ser algo así como un test de Rorschach: se ve lo que se quiere ver. El que tenga predisposición a la violencia, se basará en los versos violentos e intolerantes. Y, el que tenga predisposición a la paz, se basará en los versos tolerantes. Al parecer, sencillamente, es cuestión de seleccionar aquello que nos sirva para vivir tranquilamente, y eso lo permite el Islam. Bajo este argumento, podríamos decir, sí, los terroristas (una ínfima minoría) se basan en el Corán. Pero, también se basan el Corán los pacíficos (la abrumadora mayoría), y eso es suficiente como para juzgar que el Islam no es el problema.
No obstante, este argumento tiene dificultades. Pues, en el Islam es muy importante la doctrina de la abrogación. El propio Mahoma pareció caer en cuenta de que recitaba versos contradictorios, y así, recitó un verso en el cual, aparentemente, se autorizaban nuevos versos contradictorios con los anteriores. Así, ha quedado estipulado que, si hay una contradicción entre versos, los recitados posteriormente abrogan los recitados anteriormente.
Si bien el estudio de la abrogación ha sido muy extenso entre los teólogos musulmanes, no hay un catálogo definitivo de versos abrogantes y versos abrogados, que sea aceptado por todos los musulmanes. Con todo, en líneas generales, los versos más pacíficos proceden del período durante el cual Mahoma estaba en La Meca. Es natural; el Profeta no tenía aún ejércitos como para hacer recitaciones altaneras. En cambio, los versos que fueron recitados por Mahoma en Medina, suelen ser los versos más agresivos, pues ya Mahoma estaba en una posición como caudillo militar. El capítulo 9 del Corán es probablemente el último en orden cronológico, y es uno de los que contiene más exhortaciones violentas. De hecho, allí donde todos los otros capítulos inician con la proclama, “En el nombre de Dios, el clemente, el misericordioso”, en el capítulo 9, esa proclama está ausente. Presumiblemente, en la etapa más madura de su vida, ya Mahoma no pensaba que Dios era misericordioso, pues autorizaba acciones violentas contra los infieles.
Si seguimos el principio general de que los versos posteriores abrogan a los versos anteriores, entonces, los versos violentos abrogan a los versos pacíficos. Así pues, aún si la interpretación de los terroristas es la menos común, sí está más acorde a los principios del propio Islam. En este sentido, el Islam sí es el problema.
Por supuesto, en tanto no hay un catálogo definitivo de abrogaciones en la jurisprudencia del Islam, siempre queda la posibilidad para los reformistas, de sugerir que, en realidad, tal verso no abroga a tal verso. Por ejemplo, muchos comentaristas tradicionales (de nuevo, el principal es Ibn Kathir) han dicho que el “verso de la espada” abroga el verso que dice: “Tenéis vuestra religión. Yo tengo mi religión”. Un reformista podría decir que, en realidad, esa abrogación no está definitivamente establecida, y en ese sentido, el verso pacífico que dice que cada quien tiene su religión, sigue en vigencia, y en vista de eso, Dios no autoriza iniciar la agresión contra los infieles.
 No obstante, en vista de que las reglas de la abrogación son relativamente sencillas (el verso posterior abroga al verso anterior), habría que hacer muchos esfuerzos interpretativos para llegar a otra conclusión. Con todo, algunos reformistas lo intentan, y podemos apreciar esto con optimismo.
Por ejemplo, bajo una interpretación defendida por algunos comentaristas modernos, en el Corán no se abrogan textos recitados del propio Corán, sino las revelaciones entregadas previamente a judíos y cristianos. Esto permitiría que los versos pacíficos y tolerantes mantuvieran su vigencia. Por supuesto, esto dejaría aún sin explicar por qué en la interpretación deben favorecerse los versos pacíficos por encima de los violentos, pero al menos, permite a los reformistas alegar que sus exhortaciones pacíficas tienen tanta autoridad como las exhortaciones violentas de los integristas. El problema, no obstante, es que esta interpretación de la doctrina de la abrogación es muy heterodoxa en el Islam, prácticamente herética.
Herética fue también considerada otra interpretación similar, la del teólogo sudanés Mahmoud Mohammed Taha. Taha vino a defender aquello que él llamó el “segundo mensaje del Islam”. A su juicio, los versos recitados en Medina obedecen al contexto de la vida del Profeta, y se refieren a situaciones derivadas de circunstancias muy puntuales. En cambio, los versos recitados en La Meca, esbozan un mensaje ético universal. Los versos de Medina estaban dirigidos a la audiencia de aquel momento, en aquel contexto, y es por eso que tratan en su mayoría sobre asuntos prácticos muy propios de la Arabia del siglo VII. En cambio, los versos de La Meca están dirigidos a todas las épocas, dada la amplitud de su mensaje. Ese mensaje universalista fue, a juicio de Taha, el “segundo mensaje del Islam”.
Bajo esta interpretación, los versos realmente relevantes son aquellos que proceden de La Meca, los más pacíficos. Y así, cuando un terrorista invoca el verso de la espada, se equivoca, pues está guiándose por versos que son ya irrelevantes. Taha trató de convencer a los sudaneses de esta interpretación, y exhortó al gobierno sudanés a conformar un gobierno islámico, pero no basándose en los crueles principios derivados de los versos de Medina, sino en los amables versos de La Meca. La iniciativa de reformadores como Taha es prueba de que el Islam no está condenado a la barbarie.

Pero, del mismo modo en que podemos entusiasmarnos con gente como Taha, inmediatamente nos desilusionamos al saber que Taha fue apresado por el gobierno sudanés (que había impuesto la shariah), y ejecutado en 1985. El motivo de su arresto fue, sencillamente, la distribución de panfletos que expresaban sus ideas. Las autoridades interpretaron que Taha era un apóstata, debido a sus posturas, y el castigo para la apostasía, es la muerte. Parece que, cada vez que hay un intento de reforma y moderación en el Islam, siempre se imponen las voces más radicales. Posiblemente, los moderados son la mayoría; aunque, algunas estadísticas de opinión pública en el mundo musulmán revelan que, en algunos temas (como el laicismo y el castigo a la apostasía), los moderados no son mayoría. Pero, aun si lo fuesen, lamentablemente, son la mayoría silenciosa, y siempre terminan por hacer mucho más ruido quienes celebran actos de barbarie en nombre del Islam, que quienes lo condenan en nombre de esa religión. 

Valga advertir: en el Islam, no hay un Papa que dicte doctrina. Hay discusiones entre juristas y teólogos, y éstos pueden formar un consenso, pero no hay una autoridad centralizada que selle las discusiones con su dictamen. Eso le da al Islam una flexibilidad que no tiene, por ejemplo, el catolicismo. De ese modo, no es un hecho definitivo que el Corán deba inspirar violencia. Pero, mientras se siga creyendo que el Corán es la palabra literal e increada de Dios, y que los versos posteriores abrogan a los anteriores, entonces los integristas que quieren justificar su barbarie, sí estarán siendo más coherentes con su religión, que los musulmanes pacíficos que tratan de fundamentar su tolerancia en el Corán.

El Islam y la guerra

En el cuerpo doctrinal islámico, hay algunos elementos que hacen que el Islam sea una religión propensa a la violencia. Consideremos, por ejemplo, la yihad. En Occidente, muchas veces se traduce este concepto como “guerra santa”, pero es una traducción errónea. “Guerra” en árabe es “harb”. Yihad es más bien “lucha”.
            Eso no ha impedido, no obstante, que en el Islam, se le dé una interpretación marcadamente militarista a la yihad. El Islam tiene cinco pilares (recitación de fe, oración, ayuno, limosna y peregrinaje). Algunos musulmanes asumen la yihad como el sexto pilar, en vista de lo cual, luchar por el Islam es una obligación. Aun entre aquellos que no asumen a la yihad como un pilar del Islam, es un concepto de suma importancia.

            Originalmente, la yihad fue entendida exclusivamente en su sentido más elemental: luchar contra los enemigos del Islam. En ocasiones, esto implicaba una lucha defensiva. Se asumía la obligación de proteger al Islam frente a agresores externos que combatían contra los ejércitos islámicos. Pero, en otras ocasiones, también implicaba una lucha ofensiva. Los musulmanes asumían que Dios les había encomendado expandir la religión por el mundo entero, con la fuerza si era necesario, y así, se estaba en la obligación de participar en esta lucha santa.
            Eventualmente, a medida que el Islam fue consolidando su poder, la expansión del temprano imperio árabe se detuvo, y se consiguió mayor estabilidad y prolongados períodos de paz, se dio un giro en la interpretación de la yihad. A partir del siglo XI, se hizo una distinción entre dos tipos de yihad. La yihad menor, se decía, es la militarista; aquella que, defensiva u ofensivamente, implica tomar la espada y luchar en nombre del Islam. Pero, la yihad mayor, la más importante, es la lucha espiritual en contra del pecado; es la lucha que todo musulmán debe emprender, no con la espada, sino con su moral, para vivir rectamente.
            Hoy, frecuentemente etiquetamos a los terroristas como “yihadistas”, pero en realidad, es una aplicación errónea del término. Pues, en principio, todos los musulmanes deberían ser yihadistas, en el sentido de que todos deben luchar en contra del pecado y a favor de la rectitud moral.
            Es muy positivo que haya reformadores y moderados que quieran alegar que la yihad más importante no es militarista, y que no es necesario ser un fanático y tomar la espada, para ser un buen musulmán. Pero, tenemos la obligación moral de no falsificar la historia. Y, las fuentes históricas nos informan que, en sus orígenes, la yihad se entendía exclusivamente en un sentido militarista. Ciertamente, hubo un momento en el que surgieron voces reformistas que quisieron espiritualizar la obligación de luchar por el Islam. Pero, los documentos de estos reformistas, bastante tardíos, tienen una importancia secundaria frente al Corán y la sunna, y en estas fuentes primarias, la yihad es lucha armada.
            En el derecho islámico, hay también unos conceptos que sirven de justificación para las acciones armadas de integristas islámicos. Por muy objetables que resulten muchos de los principios del derecho islámico, al menos los juristas han reconocido que esos principios sólo tienen aplicación en Estados gobernados por el Islam. Un musulmán que vive en países no musulmanes, no puede tomarse la ley por sus manos, y matar a un apóstata. En ese sentido, los juristas entienden que el derecho islámico no tiene jurisdicción universal.
            Pero, los juristas tradicionalmente han dividido el mundo en dos grandes jurisdicciones: dar al Islam (la casa del Islam), y dar al harb (la casa de la guerra). La implicación de esta división es que, se sostiene la aspiración de que, en algún momento, el resto del mundo deje de ser la casa de la guerra, y pase a formar parte de la casa del Islam. Bajo esta concepción, el Islam siempre estará en guerra contra aquellas regiones del mundo que no estén bajo los dominios de la ley islámica (incluso si tienen gobernantes nominalmente musulmanes, pero que no sigan la shariah). Puede ser que las hostilidades no sean continuas, y que haya momentos de paz, en los que se siga una tregua temporal, por pura estrategia. Los juristas también conceptualizaron esto; lo llamaron “hudna”, algo así como un cese al fuego, para dar tiempo a los ejércitos musulmanes a fin de reorganizarse, si están perdiendo la guerra. El objetivo a largo plazo siempre es traer al resto del mundo al Islam, por vía violenta si es necesario, pues se concibe que se está en guerra contra ellos, aun si hay una tregua temporal.
            Hubo, previsiblemente, reformistas que moderaron esta visión dicotómica del mundo. Como complemento de la casa del Islam y de la casa de la guerra, algunos juristas (principalmente de la escuela shafita) formularon el concepto de dar as sulh, la casa de la tregua. Éstos son los territorios en los cuales el Islam no gobierna, pero con todo, se mantiene una relación de paz con ellos, y no se busca hacerles la guerra para incorporarlos a la casa del Islam. Si acaso, se estimula la dawah, la predicación con misioneros en tierras no musulmanas, como invitación al Islam, pero no de manera forzosa. En los inicios del Islam, las conversiones fueron forzadas en su mayoría. Persia y el norte de África fueron conquistadas, y se impuso la nueva religión por vía de la espada. Pero, no toda la expansión islámica fue de ese modo. En Indonesia, por ejemplo, el Islam llegó por vía de mercaderes y misioneros que predicaban pacíficamente; casi nadie fue obligado a convertirse. Eso ha hecho que en Indonesia (el país con mayor número de musulmanes en el mundo) se practique la versión más tolerante y liberal del Islam.
Este concepto jurídico de la casa de la tregua, ha resultado beneficioso, pues se ha abierto la puerta para una relación más armoniosa entre Occidente y el Islam. Pero, no falsifiquemos la historia: el concepto de la casa de la tregua, es sólo un desarrollo posterior de la escuela shafita. Las interpretaciones más originales de la shariah se aferran a la división entre la casa del Islam y la casa de la guerra, y a estas fuentes originales se aferran los fundamentalistas para argumentar que el Islam está en guerra con el resto del mundo, por el mero hecho de que no se acepta la verdadera religión.
            De esa manera, en la jurisprudencia islámica, hay bastante a lo cual se pueden aferrar los integristas musulmanes para justificar sus acciones. Es muy positivo que haya reformadores y voces de moderación, pero históricamente, debemos aceptar que los integristas son quienes realmente siguen más de cerca los fundamentos doctrinales del Islam.
            No obstante, así como no hay nada en la doctrina islámica que justifique la extracción del clítoris o los asesinatos por honor, debo advertir que, si bien el derecho musulmán permite hacer la guerra por el puro motivo de convertir al resto del mundo al Islam, también la shariah contempla una serie de requisitos que los integristas musulmanes no suelen cumplir.
            Desde la tradición cristiana, se desarrolló la doctrina de la guerra justa. Según esta doctrina, existe una justificación moral para hacer la guerra, siempre y cuando se cumplan algunos requisitos. En el Islam no ha habido la formalización de esta doctrina que sí hubo en el cristianismo, pero los historiadores reconocen perfectamente que los juristas musulmanes pensaron estos asuntos muy detenidamente, e independientemente de los cristianos, delinearon los requisitos para que una guerra sea justa, muchos de los cuales coinciden con la versión cristiana de esta doctrina.
            Seguramente el principal punto de desacuerdo entre ambas tradiciones sea el requisito de la justa causa. En la versión cristiana, no es lícito hacer la guerra si no se tiene una causa justa; y, hacer una guerra para convertir a otro país a una religión, no es una causa justa. En el entendimiento tradicional de la shariah, en cambio, esto sí se considera una causa justa.
            No obstante, más allá de este desacuerdo inicial (el cual, por supuesto, no es trivial), las tradiciones coinciden respecto a los requisitos de la guerra. Deben agotarse las instancias diplomáticas antes de proceder a la acción armada. En el caso de la yihad, eso implica invitar a los infieles al Islam; sólo si se rechaza esa invitación, entonces se procede a acciones armadas. Terroristas como Bin Laden trataron de cumplir esto muy tenuemente, exhortando a Occidente a convertirse al Islam. Pero, lo cierto es que la shariah contempla que la invitación debe ser más seria, y deben buscarse vías diplomáticas para agotar esas invitaciones.
            La guerra debe ser convocada por una autoridad legítima. Esto implica que un terrorista no puede tomar una iniciativa propia, y bombardear París porque es una ciudad de infieles. Un cuerpo soberano debe ser el encargado de tomar esa decisión. El problema, no obstante, es que, valga repetirlo, en el mundo musulmán  no hay un Papa, y la autoridad es bastante descentralizada. En alguna época hubo un califa, pero de ningún modo esa figura ejerció autoridad sobre todos los musulmanes del mundo. De hecho, la última yihad convocada por una autoridad legítima, fue la del califa Mehmed V en contra de los aliados durante la primera guerra mundial; fue mayormente desobedecida por el mundo musulmán. Esa ausencia de autoridad centralizada propicia que sea muy fácil que cualquier terrorista interprete como llamado lícito a la yihad, la proclama de algún líder musulmán en algún lugar recóndito. Pero, en términos generales, podemos aceptar que los terroristas desoyen los propios fundamentos doctrinales islámicos, cuando se disponen a perpetrar atentados sin que ningún jefe de Estado autorice previamente la lucha armada.
            Los juristas también exigen proporcionalidad en la lucha. A pesar de la notoriedad que se llevan por la excesiva atención mediática que se les concede, los terroristas islámicos no han cometido atrocidades como la de Hiroshima, de forma tal que sus acciones, si bien objetables desde muchos frentes, no son propiamente desproporcionadas.

            Ahora bien, sí hay un principio doctrinal islámico que los terroristas desobedecen tremendamente: la distinción entre civiles y combatientes. El terrorismo es, por definición, el ataque deliberado contra civiles. Esto está prohibido en cualquier legislación vigente que regula la guerra, y desde muy temprano, también estuvo prohibido en la ley islámica. Saladino, el gran general musulmán que se enfrentó a los cruzados cristianos, hizo renombre en Europa por la forma caballerosa en que llevó a cabo sus campañas militares, respetando siempre a los no combatientes. Su inspiración eran los principios de la guerra justa esbozados en la ley islámica.

Osama Bin Laden trataba de excusar el ataque contra las Torres Gemelas en Nueva York, alegando que todos los ciudadanos estadounidenses son blancos legítimos de acciones militares, pues contribuyen con impuestos que financian los ejércitos agresores de EE.UU. El derecho musulmán no acepta esta justificación. Los civiles son aquellos que no participan en ejércitos; cualquier otra definición es espuria, y el derecho musulmán así lo contempla. Ni siquiera Sayyed Qutb autorizó el ataque de civiles, a pesar de que, en muchos aspectos, él sí ha sido un inspirador de los terroristas islámicos contemporáneos.

domingo, 14 de febrero de 2016

La esclavitud en el Islam

Consideremos uno de los aspectos más escandalosos del derecho musulmán, pero de los menos conocidos en Occidente: la esclavitud. Antes de la inmigración musulmana a América y Europa en las últimas décadas, uno de los grandes promotores del Islam en Occidente fue el negro norteamericano Malcolm X y su Nación del Islam. En realidad, este movimiento resultó ser bastante distinto al Islam convencional (aunque, al final de su vida, Malcolm X se inscribió en el Islam tradicional). Pero en la época de la segregación racial en EE.UU., y durante el movimiento de los derechos civiles, Malcolm X quiso convencer a los negros norteamericanos de que el Islam, a diferencia del cristianismo, sería una religión liberadora para ellos. Pues, en el Islam, decía Malcolm X, no hay espacio para el racismo, y nunca hubo esclavitud.
            Esto es doblemente falso. Mahoma dio buen trato a sus esclavos, y él y sus colaboradores liberaron a algunos; entre ellos, Bilal, un esclavo negro de origen etíope, que se convirtió en una persona muy cercana a Mahoma, y terminó por ser el primer almuecín (el que hace el llamado a la oración desde la mezquita). Pero, Mahoma no pronunció ni una sola frase en contra de la institución de la esclavitud, y de hecho, mantuvo esclavos hasta el final de su vida.

            Todas las escuelas jurídicas islámicas admiten la licitud de la esclavitud; en principio, sólo se puede esclavizar a no musulmanes, pero en la práctica, esto se incumplió frecuentemente. Y, el número de esclavos en la civilización islámica fue grande. Hubo un lucrativo comercio de piratas magrebíes que azotaban las costas europeas y capturaban a cristianos para esclavizarlos y luego pedir rescate por ellos (una de esas víctimas fue Cervantes). También hubo esclavitud militar: los mamelucos del califato abasida, y los jenízaros del imperio otomano, eran soldados esclavizados. 
Los historiadores aún discuten si la trata de esclavos de África hacia América por parte de negreros europeos, fue mayor que el comercio de esclavos africanos hacia distintas regiones del mundo musulmán. No hay consenso al respecto. Pero, es un hecho indiscutible que, hasta el propio siglo XX, desde la isla de Zanzíbar y zonas vecinas, hubo un comercio muy activo de esclavos negros destinados al imperio otomano y otras zonas del mundo musulmán.
            Al común de la gente le cuesta creer esto, pues ven mucha población negra en países como Brasil, Jamaica, Venezuela, EE.UU. y Cuba (naciones que recibieron esclavos africanos), pero no se ve lo mismo en países como Irak, Turquía o Jordania. En parte, esto es debido a que, a diferencia de la esclavitud negra en América, en el mundo musulmán no se utilizaron los esclavos para la producción económica. Eran más bien empleados en labores domésticas; los hombres como eunucos, las mujeres como compañeras sexuales (vale recordar que, en el derecho islámico, el sexo con esclavas no se considera adulterio).
La castración generaba altísimas tasas de mortalidad (y por supuesto, no permitía a los eunucos reproducirse), de forma tal que los esclavos negros casi no dejaron descendencia. Y, la descendencia de las esclavas fue diluida con los genes de los amos de piel más clara, de forma tal que no es tan habitual ver poblaciones de piel tan oscura en los países musulmanes fuera de África. Con todo, quedan algunas comunidades de descendientes de esclavos negros en Irak, Irán y Jordania. Y, tenemos muchas noticias de rebeliones de esclavos negros en países musulmanes, la más notoria, la de Zanj, en el califato abasida en el siglo IX.
En su discurso de despedida, Mahoma enfatizó mucho el igualitarismo entre blancos y negros. Y, en las fuentes de la doctrina islámica, no hay nada que avale el racismo. Pero, la magnitud de la esclavitud negra fue tal en el mundo musulmán, que en la práctica, en la civilización islámica sí persistieron muchas actitudes racistas. Por ejemplo, la palabra árabe para esclavo, “abd”, también terminó por significar “negro”. Y, frecuentemente es empleada con un sentido muy peyorativo (como “negrata” en castellano, o “nigger” en inglés).
Si bien las escuelas tradicionales del derecho islámico aceptan la licitud de la esclavitud, al menos formalmente, hoy ningún país musulmán tiene esclavos. Pero, el fin de la esclavitud en el mundo musulmán se debió casi enteramente a la presión del colonialismo europeo, y no se dio sino hasta entrado ya el siglo XX. Así pues, muy a regañadientes, los países musulmanes derogaron la esclavitud.
Y, si bien ninguna legislación contemporánea la contempla, en varios países musulmanes sigue habiendo esclavos en grandes números. Mauritania, por ejemplo, tiene un grave problema con el control de la esclavitud. Asimismo, muchas de las obras que se están construyendo en Qatar para el mundial de fútbol de 2022, se hacen con trabajadores en condiciones de semi-esclavitud (suelen ser trabajadores extranjeros que han llegado a Qatar engañados, se les retiene su pasaporte, no se les permite regresar a sus países de origen, y deben trabajar en condiciones paupérrimas). No estaría mal plantear un boicot de ese mundial, pero lamentablemente, Occidente prefiere bailar al son qatarí en función de su petróleo.

El despertar del integrismo musulmán en las últimas dos décadas ha traído consigo una nueva reconsideración de la esclavitud, por parte de los juristas más conservadores. No es un tema superado en el Islam, como sí lo es en Occidente. La reimposición formal de algunos modos de esclavitud por parte del Estado Islámico del Levante e Irak, debería servir como recordatorio de que las reformas hacia la moderación en el mundo musulmán no suelen ser duraderas, y que continuamente es necesario fortalecerlas.

Algunas prohibiciones absurdas en el Islam

En el derecho islámico, hay varias prohibiciones absurdas. Una de ellas es el cobro de intereses en los préstamos. Esto tiene base en el Corán: “Quienes comen de la usura no se incorporarán el día del juicio, sino como se incorpora aquel a quien le ha dañado, tocándole, Satanás” (2:275). Esto, por supuesto, no ha sido exclusivo del Islam. Por muchos siglos, en los países cristianos también estaba prohibida la usura. Pero, eventualmente, tanto católicos (la escuela de Salamanca) como protestantes (especialmente los calvinistas) terminaron por entender que el cobro de intereses es un mal necesario.
Naturalmente, hoy sentimos mucho coraje cuando vemos en España a una desafortunada familia ser desahuciada de su vivienda, porque no pudo pagar las abusivas cuotas de interés en los préstamos de los bancos. Ciertamente, es necesario poner límites a los abusos. Pero, no conviene caer en los extremos. La usura, como bien argumentó el filósofo Jeremy Bentham en un texto clásico sobre el tema, cumple la función del estímulo para que el prestamista ofrezca su dinero, lo coloque en circulación, y así, propicie la actividad económica que conduce al crecimiento.

Insólitamente, en el mismo mundo musulmán, mucha gente entiende esto. Pero, en vez de admitir que el Corán está equivocado (o que, en todo caso, las leyes para la Arabia del siglo VII pudieron tener su justificación, pero hoy son ya obsoletas), hipócritamente se hacen arreglos para dar la apariencia de preservar el mandato coránico, pero aún así, cobrar disimuladamente el interés en los préstamos. Lo que se suele hacer frecuentemente, es que quien recibe el préstamo debe también comprar una mercancía, y luego, debe venderla a un precio más bajo. Así, con esa pérdida, se compensa el interés que no se cobra. Esto es ampliamente practicado en el mundo islámico (se conoce como “hiya”), pero en tanto no viola estrictamente una ley del derecho islámico, se tolera.    
            Los juegos de azar están también prohibidos en el derecho musulmán. El Corán es muy claro: “Te preguntan sobre el vino y el juego de azar. Responde: ‘en ambas cosas hay gran pecado y utilidad para los hombres, pero su pecado es mayor que su utilidad’” (2:219). Las penas especificadas para este delito son variadas, pero no suelen ser muy excesivas. Obviamente, la ludopatía es un problema social serio, y conviene erradicarla.
En Occidente, también tenemos el debate respecto a cuánto debemos tolerar los casinos y las máquinas tragaperras. Pero, en líneas generales, yo me inclino por la postura liberal. Sí, lo más conveniente sería que no existiesen los juegos de azar, pero, ¿tenemos la autoridad moral para ser paternalistas e impedir la libertad de la gente para decidir como mejor les plazca, en qué malgastar su propio dinero? En todo caso, la evidencia respalda mucho más la tesis según la cual, la prohibición del juego trae más desventajas que ventajas. En aquellos países donde no hay casinos, habitualmente surgen clandestinamente, y esto se presta a mayor actividad ilegal. En cambio, donde sí se permiten y se regulan, hay una enorme oportunidad de ingresos fiscales para el Estado.
Lo mismo puede decirse respecto a la prohibición islámica del alcohol (el Corán sólo prohíbe el vino, pero por razonamiento analógico, los juristas han extendido esta prohibición a toda bebida alcohólica). Sí, la ingesta de alcohol produce muchos problemas sociales. Pero, el paternalismo es objetable: ¿qué autoridad tenemos para dictar a la gente lo que debe o no debe consumir? Y, además, la prohibición del alcohol castiga injustamente a aquellos que son capaces de beber una copita sin causar problemas.
En todo caso, la prohibición del alcohol produce males aún más graves. En Occidente, la experiencia ha demostrado que a aquellos países (como EE.UU.) que impusieron la ley seca, les fue muy mal. Pues, la demanda del alcohol no bajó, y eso propició un enorme mercado negro que se materializó en un aumento incontrolado del crimen. En el mundo islámico, no ha habido un Al Capone que coloque en ridículo a la ley seca. Pero, sí hay mucha hipocresía. El pueblo llano no tiene acceso a las botellas, pero los grandes jeques beben gozosamente.
Así como el derecho musulmán busca regular la bebida, también lo hace con la comida. No está mal regular la comida por asuntos sanitarios. De hecho, algunas regulaciones alimentarias del Islam, son razonable. El sacrificio del animal debe hacerse rápido, y la carne comida debió estar recientemente sacrificada; esto, naturalmente, evita posibles infecciones y otros problemas en el consumo de la carne. Tampoco está permitido el consumo de sangre; en efecto, consumir sangre tiene riesgos sanitarios.
Pero, hay muchas otras legislaciones musulmanas respecto a la comida, que no obedecen a motivos racionales, sino a meros caprichos religiosos. Por ejemplo, si un animal fue sacrificado en nombre de un dios que no sea Dios, está prohibido comérselo (esto tiene base en el Corán 6:121). El cerdo está igualmente prohibido (Corán 2:173; 5:3; 6:145; 16:115). Algunos apologistas sugieren que la prohibición del cerdo es muy racional, debido a su riesgo de transmitir varias enfermedades dados sus hábitos (especialmente la triquinosis). Esto pudo haber sido cierto en el pasado, pero hoy la industria porcina puede perfectamente solucionar estos problemas, de manera tal que las legislaciones islámicas son ya obsoletas. El motivo por el cual el Islam prohíbe el cerdo es, sencillamente, porque un texto arcaico así lo estipula, por puros motivos religiosos (en imitación de las leyes judías del Levítico). Esto no es racional, y es además opresivo para aquellos que quieren deleitarse con el consumo de cerdo, y no perjudican a nadie con ello, ni siquiera a ellos mismos.
En el mes de Ramadán, existe la obligación para el musulmán de ayunar (Corán 2:183-184) desde que sale el sol, hasta que se oculta. En una sociedad aquejada por la obesidad, como la nuestra, no está mal hacer dieta (no obstante, no deja de ser curioso que Arabia Saudita es uno de los países con más obesidad en el mundo, cuestión que coloca en relieve que el ayuno en realidad no sirve de mucho). Pero, en todo caso, ayunar de esa manera tiene muchos riesgos para la salud; la religión interfiere en la razón médica.
Hay, además, otros problemas: si un musulmán se encuentra en el Polo Norte, donde por algunos meses el sol nunca se oculta, ¿significa eso que debe ayunar hasta morir? Algunos juristas han tratado de hacer malabares para solucionar esto, y ofrecen como solución que el musulmán debe ayunar de acuerdo a las posiciones del sol en su país de origen. Pero, ¿si nació en la zona ártica y ése es su lugar habitual de residencia? En fin, el derecho islámico quiere darle vueltas a situaciones absurdas, derivadas del hecho de que se trata de seguir al pie de la letra un texto arcaico con una visión claramente precientífica del mundo, el cual no calcula el tiempo en horas y minutos, sino de un modo muy provinciano: en función de la salida y la puesta del sol.

El Islam, por supuesto, no es la única religión que estipula el ayuno. Pero, al menos en la actualidad, sí es la única que lo impone. Y, esto es debido a que sólo el Islam se vale del Estado para hacer cumplir sus leyes religiosas. Muchas de las leyes musulmanas sobre la comida son derivadas de las leyes judías estipuladas en la Biblia. Pero, en ninguna parte del mundo (vale enfatizar, ni siquiera en Israel), se imponen esas leyes judías a la población. Sólo se cumplen voluntariamente (un pequeño sector de la sociedad israelí quiere imponer una teocracia que haga cumplir estas leyes, pero son grupos muy marginales). En cambio, en muchos países musulmanes, si bien no hay una policía que irrumpa en los hogares para asegurarse de que se cumpla el ayuno, sí se prohíbe comer y beber públicamente durante el Ramadán. Y, por supuesto, en ninguna época del año está permitida la venta de cerdo o alcohol.