sábado, 13 de febrero de 2016

Las desventajas de la mujer musulmana en el divorcio, el adulterio y la violación

En materia de divorcio, la mujer tiene desventajas en el derecho musulmán. La mujer sólo puede solicitar el divorcio al hombre, cuando éste ha incurrido en infidelidad, o cuando se declare que haya perdido sus facultades mentales, que sea impotente, o que sea un apóstata del Islam (vale insistir, la violencia doméstica no autoriza el divorcio); en la escuela malikita y shafita, la ausencia de más de cuatro años también puede autorizar el divorcio.
Es cierto que el Islam busca la protección de la familia, y desaconseja el divorcio. Pero, los términos jurídicos hacen que, para el hombre (contrariamente a la mujer), el divorcio sea muy fácil. Basta sólo con pronunciar la palabra “talaq” (“me divorcio”), y se consuma la separación. El Corán estipula que el hombre puede regresar con la mujer de la cual se divorció, pero puede divorciarse de la misma mujer sólo tres veces (2:229). Eso ha propiciado que, en la práctica, el divorcio se consume de una vez cuando el hombre diga “talaq, talaq, talaq”.

Si bien el derecho musulmán estipula una compensación monetaria para la mujer divorciada, es sólo temporal, y en la mayoría de los casos, claramente insuficiente. Naturalmente, esto ha dejado a las mujeres en una posición precaria en muchas regiones del mundo islámico, pues en vista de la dependencia económica del matrimonio tradicional, repentinamente quedan desvalidas cuando el marido toma la iniciativa del divorcio.
El castigo del adulterio es muy duro en el derecho islámico. Si bien ha habido alguna discrepancia entre las escuelas, el consenso tradicionalmente ha sido que el adulterio debe ser castigado con la muerte por apedreamiento. Así está contemplado hoy en Arabia Saudita, Afganistán, Irán, y algunos otros países con legislaciones basadas en la shariah.
Con todo, el apedreamiento de los adúlteros no está contemplado en el Corán. Vale recordar que, Aixa se quejaba de que originalmente el verso que contempla el castigo a los adúlteros, incluía el apedreamiento, pero esto no fue finalmente incluido en el libro. Algunos reformadores del Islam pretenden humanizar el castigo del adulterio, diciendo que el Corán no prescribe la barbarie del apedreamiento. Estos mismos reformadores, no obstante, dejan de lado que el Corán sí estipula cien azotes (24:2), ¡como si eso no fuese un castigo brutal! Si estos supuestos reformadores no están dispuestos a negar que el Corán es la palabra eterna, increada y literal de Dios, entonces no podrán avanzar mucho en la senda del progresismo.
En algunas escuelas del derecho islámico, el adulterio es aglutinado con la fornicación, pues en árabe, se usa la misma palabra para designar ambas conductas (zina). En el entendimiento jurídico occidental, en el adulterio hay víctimas: las personas cuyos cónyuges son infieles. En cambio, en el derecho islámico, si dos personas se aman y son fieles mutuamente, pero tienen relación sexual sin estar casados, cometen un crimen, a pesar de que no hay ninguna víctima.
En alguna ocasión, Mahoma, para salir de una situación personal embarazosa respecto a Aixa (se rumoreaba que su joven esposa le había sido infiel), recitó este verso coránico: “¿Acaso no han traído, para dar fe de ello, cuatro testimonios? No han traído los testimonios; pues ellos, ante Dios, son embusteros” (24:13). Con eso, ha quedado establecido en el derecho islámico que, para poder acusar a alguien de cometer adulterio, debe haber cuatro testigos que presencien el acto.
Esto tiene un aspecto positivo, pues propicia que el castigo sólo ocurra en aquellas situaciones en las que hay evidencia contundente. Y, si se acusa falsamente a una mujer por adulterio, el Corán estipula una pena: “a los que calumnian a las mujeres honradas y no pueden luego presentar cuatro testigos, dadles ochenta azotes y no volváis jamás a aceptar su testimonio; ésos son los perversos” (24:4). Está muy bien castigar a quien acuse falsamente, pero de nuevo, ¡el castigo por azotes es una barbaridad!
Por otra parte, la mera confesión puede inculpar al acusado de adulterio, y de sobra es conocido que muchos individuos, con un poco de presión psicológica, pueden terminar confesando hechos que no han realizado. Además, vale recordar que, en algunas legislaciones islámicas, el testimonio de una mujer vale la mitad. De forma tal que si cuatro hombres dan testimonio de que una persona estaba cometiendo adulterio a determinada hora del día, pero siete mujeres dan testimonio de que esa misma persona estaba en otro lugar a esa misma hora, el juez ha de fallar en contra de la persona acusada.
Hay aún otro problema. En el derecho islámico, esto también aplica a la violación. Así, una acusación de violación tiene que estar respaldada por cuatro testigos. De lo contrario, se estipula el castigo de los ochenta azotes a la mujer que acuse de violación sin el respaldo de los testigos. Es cierto que, en nuestra sociedad occidental moderna, los reclamos feministas en ocasiones se han abusado, y esto ha propiciado que se acuse muy a la ligera a los hombres de ser violadores (la infame feminista Andrea Dworkin decía que toda relación sexual es violación). Pero, la exigencia de los cuatro testigos es también abusiva. En todo caso, aun sin los cuatro testigos, hay técnicas forenses para poder sustentar una acusación de violación.
Lamentablemente, la ley islámica no contempla nada de esto siquiera remotamente (es comprensible que en los primeros siglos del Islam, no hubiese los conocimientos científicos forenses que hoy tenemos, pero precisamente, ha llegado el momento de avanzar, y dejar de lado leyes basadas en libros arcaicos). El resultado, ha sido que frecuentemente en el mundo musulmán, las mujeres violadas opten por no hacer ninguna denuncia, pues no solamente hay el riesgo de recibir el castigo por falsa acusación, sino que ellas mismas pueden ser también acusadas de adulterio, en tanto se interpreta que han tenido relación sexual consensuada con alguien distinto a su marido.

1 comentario:

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