sábado, 13 de febrero de 2016

La apostasía y la libertad de culto en el Islam

            Una creencia básica del Islam es que la ley y el Estado deben conformarse de acuerdo a los principios islámicos. Y, así, el derecho islámico estipula que la religión oficial del Estado debe ser el Islam. Esto tiene varias implicaciones. La primera es que no hay plena libertad religiosa. En la ley islámica, no está permitido criticar a Mahoma, ni negar la doctrina del juicio final, mucho menos negar la existencia de Dios. La región del mundo donde los ateos y agnósticos más sufren persecuciones, es en los países musulmanes.
            A los musulmanes que renieguen de su religión, bien sea a favor del ateísmo, bien sea porque se conviertan a otra religión, o bien sea incluso porque abrace una doctrina herética considerada no musulmana por los demás, se les reserva un severo castigo. No hay nada en el Corán que penalice la apostasía (el abandono del Islam) con la muerte. Pero, sí hay algún jadiz (dicho), en el cual Mahoma prescribe la pena capital al musulmán que deje de serlo. Esto ha hecho que, en el dictamen tradicional de los ulemas, el castigo de la apostasía sea la muerte. Es la ley actualmente en países como Arabia Saudita, Irán, Pakistán, Afganistán (¡aun después de que los norteamericanos y sus aliados derrocaran a los talibanes y favorecieran un gobierno supuestamente moderado!) y Qatar, entre otros. 

            Por ejemplo, cuando Salman Rushdie publicó Los versos satánicos, el ayatolá Jomeini emitió un decreto condenando a Rushdie a muerte. Su razonamiento era que Rushdie había nacido como musulmán, y al publicar su blasfemia, había dejado de ser musulmán. Por ende, merecía la muerte.
Rushdie era claramente un apóstata. Pero, en la historia del Islam, ha habido gente que no ha sido apóstata, sino que sencillamente ha defendido interpretaciones alternas del Islam; con todo, se ha interpretado que esas interpretaciones alternas son una forma de abandonar el Islam, y por ende, merecen morir. Por ejemplo, el fundador del sufismo (un movimiento místico en el Islam), Al Hallaj, en el siglo IX, alegaba alcanzar la identidad con Dios en sus ejercicios místicos, pero nunca renegó de su religión; con todo, fue ejecutado.
Estas ejecuciones requieren un procedimiento judicial, y en esto, el derecho islámico tiene el mérito de ser más o menos riguroso. El derecho islámico no autoriza linchamientos. Pero, una ley puede ser razonable en lo adjetivo (el procedimiento), pero brutal en la sustancia (el contenido de la ley en sí). El castigo de la apostasía con la muerte es sencillamente una barbaridad.
            Hoy hay reformadores musulmanes, como Tariq Ramadam, que postulan que, en tanto ese castigo no está estipulado en el Corán, puede prescindirse de él. Pues, si bien hay un jadiz que postula la muerte para los apóstatas, Ramadam recomienda contextualizarlo. Cuando Mahoma pronunció esas palabras, dice Ramadam, estaba en su conflicto militar, y había la sospecha de que los que dejaran de ser musulmanes, revelarían secretos militares a los enemigos de Mahoma. Puesto que ya no estamos en ese contexto, alega Ramadam, no es necesario seguir ese jadiz; vale recordar que el Corán es la palabra eterna e increada de Dios (y por ende no sujeta a contextos), pero el jadiz sí se puede contextualizar.
            Está muy bien la intención reformadora de Ramadam, y su esfuerzo por mantener que el castigo capital de la apostasía no está necesariamente sustentado en las fuentes de la ley islámica. Lamentablemente, su postura no es contundentemente mayoritaria en el Islam. La prestigiosa encuestadora norteamericana Pew, por ejemplo, en reiteradas ocasiones ha documentado que un alto porcentaje de la población musulmana en el mundo (entre un 30% y 50%), favorece castigar la apostasía con la muerte. Pero, en todo caso, lo más deseable sería que alguien como Tariq Ramadam entendiese que la decisión de no ejecutar a un apóstata, no debe reposar sobre lo que diga o deje de decir un texto religioso arcaico, sino sencillamente sobre lo que la razón dicta. Y, la razón dicta que el cambiarse de religión no perjudica a nadie, y que por ende, no debe ser castigada.

En el derecho musulmán, se toleran algunas minorías religiosas, pero no todas. No está aceptada la religión politeísta; la idolatría se castiga con la muerte, tal como lo estipula el Corán: “Cuando terminen los meses sagrados, matad a los idólatras donde los encontréis. ¡Colgadlos! ¡Sitiadlos! ¡Preparadles toda clase de emboscadas!” (9:5).
Sólo cristianos y judíos gozan de esa tolerancia. Y, es una tolerancia muy limitada, pues la actividad cultual de estos grupos debe ser relativamente disimulada, de forma tal que nunca eclipse en la esfera pública, la prominencia del Islam.
Respecto a judíos y cristianos, dice el Corán: “Combatid a quienes no creen en Dios ni en el último día, ni prohíben lo que Dios y su enviado prohíben, a quienes no practican la religión de la verdad entre aquellos a quienes fue dado el libro. Combatidlos hasta que paguen la capacitación por su propia mano y ellos estén humillados” (9:29).
Esa capacitación que deben pagar “aquellos a quienes fue dado el libro” (es decir, quienes recibieron las revelaciones previas, a saber, judíos y cristianos), es un impuesto adicional, la jizya. El derecho islámico contempla un pacto con los judíos y cristianos: se les tolera su religión, pero deben asumir una posición de ciudadanía inferior (dhimmi). Esto, demás está decir, no es ningún pacto; es una llana imposición.
En épocas pasadas, esta inferioridad implicaba la prohibición de ir montado en caballo, así como la construcción de templos que fueran más altos que las mezquitas. También se les exigía a los dhimmis llevar una vestimenta distintiva, de forma tal que fuesen fácilmente reconocidos. Pero, lo más pesado de esta condición era el impuesto. Esto mantuvo en una muy precaria condición económica a los judíos y cristianos en el mundo islámico, y hasta el día de hoy, mantienen posiciones sociales relativamente bajas.
Con todo, en comparación con su suerte en Europa, los judíos del mundo musulmán recibieron buen trato. En Europa, o bien eran recluidos en guetos y sometidos a pogromos habituales, o bien, sencillamente, se les expulsaba, como ocurrió en España en 1492 (y, quienes se convertían, igualmente eran mantenidos bajo sospecha como “cristianos nuevos”).
Nada de eso ocurrió en el Islam. En parte debido a que el impuesto adicional se hizo muy rentable para las autoridades musulmanas, no hubo en el Islam mucha insistencia en tratar de convertir a los judíos y cristianos, y en términos generales, se les dejó vivir en paz. Pero, tampoco debemos romantizar. Frecuentemente, por ejemplo, se presenta una imagen idílica de Al Andalus, y la convivencia de las tres religiones en Toledo y otras ciudades. Sí, hubo convivencia, pero más o menos la misma convivencia que había entre blancos y negros en Sudáfrica: un grupo claramente dominante, y otros dos grupos claramente dominados. La situación de los judíos en Al Andalus, y en el Islam en general, fue comparativamente mejor, pero eso no implica que fue la más deseable.
En un principio, cuando el Islam se expandió a Persia y la India, se consideró a los zoroastrianos e hindúes como idólatras. Pero, eventualmente, estos grupos religiosos también fueron incluidos en el “pacto”, y se les aplicó las mismas condiciones que a los judíos y cristianos. Algunas otras minorías, como los yezidíes, gozaron una tolerancia, pero mucho más frágil.
Hoy, en los países más radicales, como Arabia Saudita, ni siquiera hay pacto. Simplemente, está prohibida toda religión que no sea el Islam. Mucho menos contempla libertades religiosas el Estado Islámico de Irak y el Levante; suficientemente bien conocemos las imágenes de cristianos y yezidíes crucificados.
En la mayoría de los otros países musulmanes, se garantiza la tolerancia religiosa a esas minorías protegidas. Ya no se les cobra el impuesto adicional. Pero, siguen siendo ciudadanos de segunda, pues los Estados siguen declarando al Islam como religión oficial. Por ejemplo, en las constituciones de casi todos los países islámicos, está estipulado que sólo un musulmán puede ocupar la jefatura del gobierno.

Lo mismo aplica a la administración de la justicia: en tanto casi todos los países musulmanes tienen como base jurídica el derecho islámico, un no musulmán no puede fungir como juez. En esto, el imperio otomano trató de ofrecer algún beneficio a las minorías, con su sistema millet. Cada comunidad religiosa tenía su propio sistema educativo y judicial. Ciertamente fue una mejora respecto al avasallamiento por parte de la mayoría musulmana en el derecho islámico. Pero, sigue siendo un sistema muy imperfecto. Pues, soluciones como el sistema millet (una versión de la cual, hoy defienden los progres multiculturalistas de Occidente) tienden a mantener desintegrada a la población de un país. Lo más ideal, insisto, es un sistema laico que establezca un único sistema jurídico para todos, pero que no tenga bases religiosas.

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