sábado, 20 de febrero de 2016

¿Es reformable el Islam?

El Medio Oriente es una zona sumamente conflictiva, y estos conflictos empiezan a salpicarnos, con atentados en Madrid, París, Londres, Buenos Aires y otras ciudades occidentales. ¿Es el Islam el problema? En parte, por supuesto que sí lo es. No logramos nada con intentar tapar el sol con un dedo, y pretender que en esta religión, todo es paz y amor. Las barbaridades de la shariah, la división del mundo en la casa del Islam y la casa de la guerra, y la proclamación de la yihad, tienen firme respaldo doctrinal en el Islam. Algunas otras barbaridades no vienen propiamente de las doctrinas islámicas (la ablación del clítoris, los asesinatos por honor), pero no nos engañemos: casi todos los aspectos brutales que tanto se denuncian en el Islam, no son inventados; efectivamente, tienen fundamento doctrinal.

            Con todo, las doctrinas islámicas son condición necesaria para toda esa barbarie, pero no condición suficiente. Sin las provocaciones y las agresiones occidentales, el mundo musulmán no sería tan hostil. Esas ideas extremistas siempre están ahí, pero si no hay nadie que las alborote, la mayoría de los musulmanes no las tomarán muy en serio. Si los franceses e ingleses no hubieran roto su promesa a los súbditos árabes del imperio otomano; si la partición de Israel y Palestina hubiera sido más justa; si no se hubiese derrocado al progresista Mossadegh en Irán; si no se hubiera apoyado a tantos dictadores árabes laicos; si no se hubiera invadido Irak; si no se despreciara tanto a los inmigrantes magrebíes en Francia; seguramente el Islam no mostraría su lado más violento.
            Pero, no nos engañemos. El propio contenido de la religión islámica influye mucho. Los cristianos palestinos sufren las mismas vejaciones que los musulmanes palestinos en la ocupación israelí. Pero en Cisjordania, son los musulmanes, y no los cristianos, quienes se inmolan y en su martirio, asesinan a civiles inocentes. Su inspiración no aparece de la nada. Tiene catorce siglos de respaldo.
            Entonces, ¿está condenado el Islam a ser siempre una religión de fanáticos? No necesariamente. Siempre son posibles las reformas. El estudio de la historia del judaísmo y el cristianismo, da sustento a ese optimismo. En el siglo II antes de nuestra era, surgió una variante de yihadistas en el seno del judaísmo: los macabeos. Proclamaron una guerra santa, vencieron a los ocupantes griegos, e impusieron una feroz teocracia, con leyes muy parecidas a las que promulga la shariah. Inspirándose en ellos, algunas décadas después de Jesús, otros fanáticos judíos, los celotas, organizaron una revuelta religiosa contra los romanos, pero ésta sí fracasó. ¿Está el judaísmo condenado a ser la religión fanática de los macabeos y los celotas? No. En el judaísmo, hubo reformas importantes. Y, por más que podamos criticar al Estado de Israel en muchas cosas (incluyendo la ocupación de los territorios palestinos), debemos al menos reconocer que es un Estado laico, y el país más democrático de todo el Medio Oriente. Si los judíos siguieron practicando su religión, pero lograron mantener un Estado laico, y neutralizaron a los fanáticos religiosos, no hay motivo para pensar que no se pueda hacer lo mismo en el Islam.
            Algo similar ocurrió en el cristianismo. Desde la conversión de Constantino, y hasta el siglo XVIII, la Iglesia y el Estado estuvieron unidos en Occidente. Hubo esclavitud,  cruzadas, inquisiciones, guerras y fanatismo a lo bestia, todo en nombre de Cristo. Hoy podemos ser muy críticos con nuestra propia civilización, pero podemos felicitarnos, al proclamar que en Occidente, el fanatismo religioso quedó atrás, y somos una civilización bastante secularizada. En nuestros países, por fortuna, se acabaron las teocracias.
            Es cierto que, al menos en el caso de ijtihad (las discusiones sobre la shariah), tradicionalmente ha quedado establecido que, hacia el siglo X, se completó la deliberación entre juristas, y ya se dijo todo lo que había que decir sobre asuntos jurídicos (“se cerraron las puertas de ijtihad”, como reza una proclama frecuentemente invocada). En teoría, eso obstaculiza las reformas. Pero, esto es meramente una opinión entre juristas, y no hay nada que verdaderamente las impida. A la par de toda esa alarmante y creciente corriente de fanatismo que he reseñado, hay también voces moderadas en el Islam que quieren hacer con esa religión, lo que los modernizadores hicieron con el judaísmo y el cristianismo. Cada vez tienen menos prominencia, y demográficamente están perdiendo fuelle, pero están ahí. Tarek Fatah, Hussein Jomeini (el nieto del ayatolá), Irshad Manji, y muchos otros, son musulmanes moderados que piden a gritos una reforma modernista en el Islam.
En la historia del Islam, cada vez que ha habido una crisis, los reformadores que surgen proponen como alternativa más fanatismo, más rigurosidad en la vuelta a los orígenes del Islam en el siglo VII. Pero, afortunadamente, están también esos reformadores modernistas que, si bien tienen respeto por lo que Mahoma pudo haber hecho en el siglo VII, están muy conscientes de que pretender un regreso al Islam más prístino es un anacronismo. Estos musulmanes modernistas creen que se puede preservar el mensaje de justicia social del Islam, así como conservar su riqueza cultural. Pero, a la par, estiman necesario separar la religión del Estado, promueven una lectura crítica del Corán, los derechos humanos, la liberación femenina, etc.
Por supuesto, para lograr esto, esos musulmanes moderados deben ellos mismos rechazar algunas creencias que en el Islam tradicionalmente se han considerado básicas. No es posible estudiar críticamente el Corán, ni cuestionar la shariah (que toma como principal fuente al Corán), si se sigue creyendo que ese libro es eterno e increado, la palabra literal de Dios. No es posible oponerse al matrimonio de niñas, si se sigue pensando que Mahoma es el “modelo excelente de conducta”. No es posible criticar la destrucción de esculturas babilónicas a manos del Estado Islámico del Levanta e Irak, si se sigue celebrando que Mahoma destruyera los ídolos de la Kaaba.
Pero, vale advertir: no hay un Papa en el Islam, y eso permite a estos modernistas tener más flexibilidad para abandonar, o al menos relativizar, algunas posturas que clásicamente se han defendido en el Islam. Durante el califato Abasida, los mutazilíes fueron suprimidos. Pero, nada impide que surjan modernistas que, como aquellos filósofos racionalistas, moderen el fanatismo de una religión, sobre cuya base se construyó una civilización muy esplendorosa.
Un amigo me decía que debemos buscar una alianza con los ateos y agnósticos del mundo musulmán, para hacer frente al fanatismo. Ciertamente, lo más ideal sería que todos los musulmanes del mundo aplicaran el razonamiento de Hume respecto a los alegatos religiosos, y comprendieran que es más probable que Mahoma mentía o alucinaba, y no que se le apareció el ángel Gabriel.
Pero, hay que colocar los pies sobre la tierra, y aspirar a algo más real. Por ello, mucho más que con los ateos y agnósticos del mundo musulmán, a Occidente le conviene estimular a los reformistas modernizadores y moderados que, aun vistiendo sus ropas tradicionales y rezando cinco veces al día, defiendan la democracia, el laicismo, la igualdad de género, los derechos humanos y el pensamiento crítico.
Hay con todo, un riesgo. Nunca podemos estar plenamente seguros de que los musulmanes que predican paz y amor, y aparentan ser moderados, en realidad lo son. Pues, en el Islam (sobre todo en la rama chiita, pero no exclusivamente), existe la doctrina de la taqiyya, la ocultación. Bajo esta doctrina, si un musulmán siente que su fe está en peligro, puede disimularla haciendo creer que no la profesa.
En Occidente, mucha gente critica esto como una grave inmoralidad, pues invita a mentir. Yo, en cambio, no veo la gravedad. En mi país, yo mismo he estado en situaciones en las cuales debo esconder mis afiliaciones políticas, a fin de preservar mi seguridad laboral. Fue lo mismo que hicieron los criptojudíos y criptomusulmanes en España por varios siglos para poder sobrevivir, y francamente, no los culpo. La mentira puede tener justificaciones morales.

El problema, no obstante, es que la taqiyya puede ser utilizada por extremistas islámicos que, ante Occidente, quieren dar la impresión de que el Islam es una religión pacífica, a fin de que los musulmanes sean aceptados. Pero, una vez que sus números hayan crecido en Occidente, y hayan logrado penetrar nuestra civilización, se acabaría la pretensión, y se intentaría la conquista. Algunos musulmanes aparentemente modernistas, como Tariq Ramadan, dicen cosas muy progresistas cuando están frente a audiencias occidentales, pero cosas muy retrógradas cuando están ante audiencias en países musulmanes (esto ha sido ampliamente documentado por la periodista Caroline Fourest en su libro Hermano Tariq).

Ciertamente, ese riesgo está ahí, pero yo lo considero demasiado alarmista. Esa preocupación, además, termina por castigar duramente a cualquier musulmán que genuinamente quiera modernizar el Islam. Si un musulmán predica barbaridades, diríamos que el Islam es una religión fanática; si un musulmán predica cosas lindas, diríamos que está practicando taqiyya. No podemos proceder así. Sí, efectivamente hay un riesgo de que nos engañen, pero la paz exige riesgos. Démosle una oportunidad, como bien cantó John Lennon. 

1 comentario:

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