sábado, 20 de febrero de 2016

El Islam y la guerra

En el cuerpo doctrinal islámico, hay algunos elementos que hacen que el Islam sea una religión propensa a la violencia. Consideremos, por ejemplo, la yihad. En Occidente, muchas veces se traduce este concepto como “guerra santa”, pero es una traducción errónea. “Guerra” en árabe es “harb”. Yihad es más bien “lucha”.
            Eso no ha impedido, no obstante, que en el Islam, se le dé una interpretación marcadamente militarista a la yihad. El Islam tiene cinco pilares (recitación de fe, oración, ayuno, limosna y peregrinaje). Algunos musulmanes asumen la yihad como el sexto pilar, en vista de lo cual, luchar por el Islam es una obligación. Aun entre aquellos que no asumen a la yihad como un pilar del Islam, es un concepto de suma importancia.

            Originalmente, la yihad fue entendida exclusivamente en su sentido más elemental: luchar contra los enemigos del Islam. En ocasiones, esto implicaba una lucha defensiva. Se asumía la obligación de proteger al Islam frente a agresores externos que combatían contra los ejércitos islámicos. Pero, en otras ocasiones, también implicaba una lucha ofensiva. Los musulmanes asumían que Dios les había encomendado expandir la religión por el mundo entero, con la fuerza si era necesario, y así, se estaba en la obligación de participar en esta lucha santa.
            Eventualmente, a medida que el Islam fue consolidando su poder, la expansión del temprano imperio árabe se detuvo, y se consiguió mayor estabilidad y prolongados períodos de paz, se dio un giro en la interpretación de la yihad. A partir del siglo XI, se hizo una distinción entre dos tipos de yihad. La yihad menor, se decía, es la militarista; aquella que, defensiva u ofensivamente, implica tomar la espada y luchar en nombre del Islam. Pero, la yihad mayor, la más importante, es la lucha espiritual en contra del pecado; es la lucha que todo musulmán debe emprender, no con la espada, sino con su moral, para vivir rectamente.
            Hoy, frecuentemente etiquetamos a los terroristas como “yihadistas”, pero en realidad, es una aplicación errónea del término. Pues, en principio, todos los musulmanes deberían ser yihadistas, en el sentido de que todos deben luchar en contra del pecado y a favor de la rectitud moral.
            Es muy positivo que haya reformadores y moderados que quieran alegar que la yihad más importante no es militarista, y que no es necesario ser un fanático y tomar la espada, para ser un buen musulmán. Pero, tenemos la obligación moral de no falsificar la historia. Y, las fuentes históricas nos informan que, en sus orígenes, la yihad se entendía exclusivamente en un sentido militarista. Ciertamente, hubo un momento en el que surgieron voces reformistas que quisieron espiritualizar la obligación de luchar por el Islam. Pero, los documentos de estos reformistas, bastante tardíos, tienen una importancia secundaria frente al Corán y la sunna, y en estas fuentes primarias, la yihad es lucha armada.
            En el derecho islámico, hay también unos conceptos que sirven de justificación para las acciones armadas de integristas islámicos. Por muy objetables que resulten muchos de los principios del derecho islámico, al menos los juristas han reconocido que esos principios sólo tienen aplicación en Estados gobernados por el Islam. Un musulmán que vive en países no musulmanes, no puede tomarse la ley por sus manos, y matar a un apóstata. En ese sentido, los juristas entienden que el derecho islámico no tiene jurisdicción universal.
            Pero, los juristas tradicionalmente han dividido el mundo en dos grandes jurisdicciones: dar al Islam (la casa del Islam), y dar al harb (la casa de la guerra). La implicación de esta división es que, se sostiene la aspiración de que, en algún momento, el resto del mundo deje de ser la casa de la guerra, y pase a formar parte de la casa del Islam. Bajo esta concepción, el Islam siempre estará en guerra contra aquellas regiones del mundo que no estén bajo los dominios de la ley islámica (incluso si tienen gobernantes nominalmente musulmanes, pero que no sigan la shariah). Puede ser que las hostilidades no sean continuas, y que haya momentos de paz, en los que se siga una tregua temporal, por pura estrategia. Los juristas también conceptualizaron esto; lo llamaron “hudna”, algo así como un cese al fuego, para dar tiempo a los ejércitos musulmanes a fin de reorganizarse, si están perdiendo la guerra. El objetivo a largo plazo siempre es traer al resto del mundo al Islam, por vía violenta si es necesario, pues se concibe que se está en guerra contra ellos, aun si hay una tregua temporal.
            Hubo, previsiblemente, reformistas que moderaron esta visión dicotómica del mundo. Como complemento de la casa del Islam y de la casa de la guerra, algunos juristas (principalmente de la escuela shafita) formularon el concepto de dar as sulh, la casa de la tregua. Éstos son los territorios en los cuales el Islam no gobierna, pero con todo, se mantiene una relación de paz con ellos, y no se busca hacerles la guerra para incorporarlos a la casa del Islam. Si acaso, se estimula la dawah, la predicación con misioneros en tierras no musulmanas, como invitación al Islam, pero no de manera forzosa. En los inicios del Islam, las conversiones fueron forzadas en su mayoría. Persia y el norte de África fueron conquistadas, y se impuso la nueva religión por vía de la espada. Pero, no toda la expansión islámica fue de ese modo. En Indonesia, por ejemplo, el Islam llegó por vía de mercaderes y misioneros que predicaban pacíficamente; casi nadie fue obligado a convertirse. Eso ha hecho que en Indonesia (el país con mayor número de musulmanes en el mundo) se practique la versión más tolerante y liberal del Islam.
Este concepto jurídico de la casa de la tregua, ha resultado beneficioso, pues se ha abierto la puerta para una relación más armoniosa entre Occidente y el Islam. Pero, no falsifiquemos la historia: el concepto de la casa de la tregua, es sólo un desarrollo posterior de la escuela shafita. Las interpretaciones más originales de la shariah se aferran a la división entre la casa del Islam y la casa de la guerra, y a estas fuentes originales se aferran los fundamentalistas para argumentar que el Islam está en guerra con el resto del mundo, por el mero hecho de que no se acepta la verdadera religión.
            De esa manera, en la jurisprudencia islámica, hay bastante a lo cual se pueden aferrar los integristas musulmanes para justificar sus acciones. Es muy positivo que haya reformadores y voces de moderación, pero históricamente, debemos aceptar que los integristas son quienes realmente siguen más de cerca los fundamentos doctrinales del Islam.
            No obstante, así como no hay nada en la doctrina islámica que justifique la extracción del clítoris o los asesinatos por honor, debo advertir que, si bien el derecho musulmán permite hacer la guerra por el puro motivo de convertir al resto del mundo al Islam, también la shariah contempla una serie de requisitos que los integristas musulmanes no suelen cumplir.
            Desde la tradición cristiana, se desarrolló la doctrina de la guerra justa. Según esta doctrina, existe una justificación moral para hacer la guerra, siempre y cuando se cumplan algunos requisitos. En el Islam no ha habido la formalización de esta doctrina que sí hubo en el cristianismo, pero los historiadores reconocen perfectamente que los juristas musulmanes pensaron estos asuntos muy detenidamente, e independientemente de los cristianos, delinearon los requisitos para que una guerra sea justa, muchos de los cuales coinciden con la versión cristiana de esta doctrina.
            Seguramente el principal punto de desacuerdo entre ambas tradiciones sea el requisito de la justa causa. En la versión cristiana, no es lícito hacer la guerra si no se tiene una causa justa; y, hacer una guerra para convertir a otro país a una religión, no es una causa justa. En el entendimiento tradicional de la shariah, en cambio, esto sí se considera una causa justa.
            No obstante, más allá de este desacuerdo inicial (el cual, por supuesto, no es trivial), las tradiciones coinciden respecto a los requisitos de la guerra. Deben agotarse las instancias diplomáticas antes de proceder a la acción armada. En el caso de la yihad, eso implica invitar a los infieles al Islam; sólo si se rechaza esa invitación, entonces se procede a acciones armadas. Terroristas como Bin Laden trataron de cumplir esto muy tenuemente, exhortando a Occidente a convertirse al Islam. Pero, lo cierto es que la shariah contempla que la invitación debe ser más seria, y deben buscarse vías diplomáticas para agotar esas invitaciones.
            La guerra debe ser convocada por una autoridad legítima. Esto implica que un terrorista no puede tomar una iniciativa propia, y bombardear París porque es una ciudad de infieles. Un cuerpo soberano debe ser el encargado de tomar esa decisión. El problema, no obstante, es que, valga repetirlo, en el mundo musulmán  no hay un Papa, y la autoridad es bastante descentralizada. En alguna época hubo un califa, pero de ningún modo esa figura ejerció autoridad sobre todos los musulmanes del mundo. De hecho, la última yihad convocada por una autoridad legítima, fue la del califa Mehmed V en contra de los aliados durante la primera guerra mundial; fue mayormente desobedecida por el mundo musulmán. Esa ausencia de autoridad centralizada propicia que sea muy fácil que cualquier terrorista interprete como llamado lícito a la yihad, la proclama de algún líder musulmán en algún lugar recóndito. Pero, en términos generales, podemos aceptar que los terroristas desoyen los propios fundamentos doctrinales islámicos, cuando se disponen a perpetrar atentados sin que ningún jefe de Estado autorice previamente la lucha armada.
            Los juristas también exigen proporcionalidad en la lucha. A pesar de la notoriedad que se llevan por la excesiva atención mediática que se les concede, los terroristas islámicos no han cometido atrocidades como la de Hiroshima, de forma tal que sus acciones, si bien objetables desde muchos frentes, no son propiamente desproporcionadas.

            Ahora bien, sí hay un principio doctrinal islámico que los terroristas desobedecen tremendamente: la distinción entre civiles y combatientes. El terrorismo es, por definición, el ataque deliberado contra civiles. Esto está prohibido en cualquier legislación vigente que regula la guerra, y desde muy temprano, también estuvo prohibido en la ley islámica. Saladino, el gran general musulmán que se enfrentó a los cruzados cristianos, hizo renombre en Europa por la forma caballerosa en que llevó a cabo sus campañas militares, respetando siempre a los no combatientes. Su inspiración eran los principios de la guerra justa esbozados en la ley islámica.

Osama Bin Laden trataba de excusar el ataque contra las Torres Gemelas en Nueva York, alegando que todos los ciudadanos estadounidenses son blancos legítimos de acciones militares, pues contribuyen con impuestos que financian los ejércitos agresores de EE.UU. El derecho musulmán no acepta esta justificación. Los civiles son aquellos que no participan en ejércitos; cualquier otra definición es espuria, y el derecho musulmán así lo contempla. Ni siquiera Sayyed Qutb autorizó el ataque de civiles, a pesar de que, en muchos aspectos, él sí ha sido un inspirador de los terroristas islámicos contemporáneos.

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