jueves, 11 de febrero de 2016

El Islam y el laicismo

Dicen los críticos del cristianismo que en los monasterios medievales, la mayor parte del tiempo se consumía discutiendo cuántos ángeles pueden bailar sobre la punta de un alfiler. Esto es una exageración. Pero, sí es cierto que el cristianismo ha dedicado mucha atención a discusiones teológicas estériles, algunas de las cuales reseño en mi libro La teología ¡vaya timo! Muchos ríos de tinta y sangre corrieron, para establecer cuántas naturalezas tenía Cristo, si María era inmaculada o no, si el Espíritu Santo procede sólo del Padre, etc.
            En el Islam, por otra parte, la teología no es tan importante. Aparte de la discusión sobre la eternidad del Corán, no ha habido grandes disputas teológicas entre musulmanes (hay, por supuesto, algunos debates teológicos, sobre todo entre sunitas y chiitas, pero no son de gran envergadura). En cambio, el papel que la teología tiene en el cristianismo, la ley lo tiene en el Islam.

            Los musulmanes no aceptan que el Islam es sencillamente una religión. El Islam, dicen ellos, es un modo de vida. Y, eso implica que el Islam no es meramente un sistema de creencias sobre Dios y el juicio final; es también una regulación de muchísimos aspectos de la vida diaria. Eso implica que, para los musulmanes, la forma de organizar las leyes y la vida política, ha de ser en concordancia con el Islam.
            En principio, el laicismo es incompatible con el Islam. El laicismo pretende garantizar la libertad de culto, pero al mismo tiempo, busca impedir que el Estado se valga de su fuerza para imponer en la esfera pública esta o aquella religión. Al cristianismo le costó aceptar esto, pero eventualmente, gracias a la modernidad, el laicismo ha terminado por imponerse en Occidente. Muchos grupos cristianos lo aceptan hoy a regañadientes, pero es un hecho que, en la mayoría de los países occidentales, los Estados son aconfesionales y desvinculados de la religión.
            Desde un inicio, en la civilización cristiana hubo circunstancias históricas que así lo propiciaron. El cristianismo no gozó de poder político, sino hasta la conversión de Constantino. Si bien los primeros padres de la Iglesia desarrollaron un cuerpo de doctrina moral, comprendieron que no estaban en posición de exigir a un Estado que les diera respaldo jurídico a sus doctrinas.
Y, si bien cuando el cristianismo se fortaleció políticamente, se conformó una sociedad teocrática, pero siempre hubo en el seno de la civilización cristiana una disputa entre el poder espiritual del Papa, y el poder terrenal de los reyes. Aun en el imperio bizantino, con su modelo cesaropapista, el jefe político y el jefe religioso no eran la misma persona. Cuando el ideal secularizador de la modernidad llegó n el siglo XVIII con la revolución americana y la revolución francesa, Occidente estaba ya preparado para abandonar los modelos teocráticos, y por fortuna, hoy no queda ya ningún país cristiano verdaderamente teocrático.
            En el Islam, en cambio, las circunstancias fueron distintas. Mahoma sí logró conformarse como estatista y legislador. Y, desde los inicios, los territorios convertidos al Islam pasaron a ser gobernados bajo modelos teocráticos. Nunca el Islam quedó relegado sencillamente a la esfera privada. Siempre en el mundo musulmán, el Estado se ha guiado por los principios jurídicos del Islam. Y, en virtud de la importancia que esto tiene en el Islam, la discusión sobre las leyes ocupa un lugar central que no existe en el cristianismo. Los católicos tienen el derecho canónico, pero este derecho es muy limitado, pues no tiene aplicabilidad en las autoridades civiles. En el Islam, no hay autoridades civiles separadas de las religiosas.
            Hasta el siglo XX, el laicismo era ajeno al mundo musulmán. Gracias a la intrusión colonialista de Occidente (hay que reconocerlo, no todo lo del colonialismo europeo fue malo), cuando se conformaron nuevos Estados, algunos asumieron un nacionalismo laico, y trataron de limitar la influencia política del Islam.
Pero, nunca ha habido un verdadero laicismo en los países musulmanes. Aún los Estados más aparentemente laicos, proclamaban leyes seculares que, con todo, alegaban tomar inspiración del Islam. En casi todos los casos, se seguía declarando al Islam como religión de Estado. Incluso Turquía, el país que más avanzó hacia el laicismo gracias al gran reformador Mustafa Kemal, se quedó muy corto en comparación con los modelos avanzados de laicismo en Europa y América. Hoy, los países musulmanes siguen siendo los que más integran sus leyes y organización política, con los principios religiosos. Y, si bien hubo algunos países que han tomado algunos pasos significativos hacia el laicismo (como Turquía, Líbano, Indonesia), hubo otros que tras experimentar algunas décadas con el laicismo, regresaron al modelo teocrático (Irán, Somalia, Sudán), y aún otros que, desde su independencia, nunca asumieron el laicismo (Arabia Saudita y los otros países de la península arábiga).
            Muy por encima de cualquier otra cosa, ésta es la principal dificultad del Islam, y la crítica más grande que podemos hacer a esta religión. Las creencias del cristianismo, el judaísmo, el hinduismo o el budismo, son más o menos igual de absurdas que las del Islam. Pero, al menos en esta época moderna, ninguna de esas religiones pretende que se utilice la fuerza del Estado para proteger, mucho menos imponer, sus doctrinas religiosas. Los cristianos podrán fastidiarnos con sus sermones, pero afortunadamente, los Estados en la mayoría de los países cristianos no están dispuestos a obligar a la gente a cumplir lo que el cura predica desde el púlpito.

En cambio, en pleno siglo XXI, en el Islam esto sí ocurre. El derecho de los países musulmanes es de base religiosa. Podemos intentar convencer a un musulmán de que Mahoma basó su prédica en alucinaciones o auto-engaños, de que el Corán contiene errores y doctrinas absurdas, de que Dios no existe, etc. Pero, es más conveniente empezar por algo muchísimo más elemental: hemos de tratar de convencer al musulmán de que, si él quiere creer esta o aquella doctrina, y practicar este o aquel ritual, que lo haga; pero que no pretenda que las leyes y el Estado de un país se conformen, de forma tal que las creencias y prácticas de su religión sean favorecidas con la fuerza coercitiva de las autoridades. Lo que más urge hacerle ver al musulmán es que, para que todos podamos vivir en paz y nos respetemos mutuamente, el Estado necesita ser laico. Reza todo lo que quieras, pero mantén la religión en tu casa o en tu mezquita; no la traigas al parlamento ni a la escuela pública.

1 comentario:

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