miércoles, 10 de febrero de 2016

El cielo musulmán: una fantasía muy sensual

El Islam postula que habrá la resurrección de los muertos. Los musulmanes, lo mismo que los cristianos y los judíos, rara vez se hacen las preguntas conceptuales (que he formulado en La inmortalidad ¡vaya timo!) que hacen tan problemática esta doctrina: ¿cómo puede mantenerse la identidad, entre la persona que muere y la persona que resucita?; ¿las personas resucitarán con sus defectos físicos?; ¿cómo pueden reconstituirse íntegramente cuerpos que comparten átomos entre sí? En fin, en la historia de la filosofía islámica, algún pensador ha podido enfrentar estas cuestiones, pero no pidamos peras al olmo: en el Corán no se cuestiona y se razona; sencillamente se recita y se obedece.

            Quienes se hayan portado bien, irán al cielo. La Biblia es notoriamente parca en los detalles sobre ese lugar. Los pintores renacentistas europeos imaginaron aquello como el coro de una iglesia, en el cual continuamente se cantan alabanzas a Dios. No hay mucho entretenimiento. Los musulmanes, basándose en el Corán, son mucho más dados a la diversión celestial. El vino está prohibido en la Tierra, pero quien vaya al cielo, puede desquitarse en la eternidad el haber sido abstemio: “Imagen de paraíso que se ha prometido a los piadosos: en él habrá ríos de agua incorrupta, ríos de leche cuyo sabor no se alterará, ríos de vino que serán delicia de los bebedores” (47:15).
            El cielo musulmán descrito en el Corán es prácticamente un resort turístico, ajustado a los habitantes del desierto, cansados de las sequías, y amantes de los gustos árabes: “Dios ha prometido a los creyentes y a las creyentes unos jardines por los que corren ríos. En ellos vivirán eternamente: tendrán hermosas moradas en el jardín del Edén y una mayor satisfacción de Dios. Eso es el éxito enorme” (9:72); “estarán en un paraíso elevado, en el que no oirán ningún vocerío, en él habrá una fuente de agua corriente, estrados elevados y cráteras siempre preparadas, cojines alienados y tapices extendidos” (88:10-16).
            Desde el cristianismo, siempre se ha criticado esta imaginación celestial como demasiado mundana. Yo, en cambio, la celebro. El cristianismo tradicionalmente ha tenido un cierto masoquismo y odio al placer (Nietzsche oportunamente lo denunció), que el Islam ha evitado un poco más. ¿Dónde está lo malo en disfrutar jardines, fuentes, hermosos cojines y tapices, y sobre todo, vino?
            El problema, no obstante, es que el Islam hace promesas ilusorias. Y, mientras hace esas promesas ilusorias, exige a sus feligreses llevar vidas bastante miserables (aunque, por supuesto, los poderosos jeques saudíes siempre harán caso omiso, e hipócritamente se asegurarán de gozar todos esos placeres, no en el cielo, sino acá en la Tierra). El Islam promete vino para la eternidad, pero castiga a los fieles prohibiéndoles beber vino en este mundo. Es un viejo cliché de Marx, pero no por ello deja de ser cierto: la religión es el opio del pueblo. El Islam, cultivando fantasías en la gente, propicia que los feligreses, con vanas esperanzas, aguanten toda suerte de explotación por parte de los poderosos.
            Uno de los grandes placeres que el Corán promete para la eternidad son las houri. Según parece, son vírgenes que esperan a los buenos musulmanes en el paraíso: “Tendrán vírgenes de mirada recatada, con ojos como huevos de avestruz medio ocultos” (37:48-49); “En  ambos habrá mujeres de mirada recatada: antes de ellos no las habrá tocado hombre ni genio” (55:56); “[Tendrán] mujeres de ojos rasgados, parecidos a la perla medio oculta” (56:22-23).
            En los evangelios, a Jesús le preguntan con quién estará casada una viuda de siete esposos en la llegada de la resurrección, y él responde que no habrá esposos ni esposas, sino que serán como ángeles en los cielos (Marcos 12:19-27). Presumiblemente, en la versión cristiana, no hay sexo celestial. El Islam no tiene esos complejos con los placeres mundanos, y como he mencionado, esto me parece positivo. Pero, nuevamente, aparecen los problemas. Pues, esto es una celebración del placer masculino. El Corán es un libro de fantasías para hombres. La mujer, a la cocina, su satisfacción no cuenta.
            El Corán no estipula cuántas mujeres están esperando. Pero, comentarios exegéticos y tradiciones posteriores estipulan 72 por cada hombre (esto generaría un tremendo desbalance demográfico en el cielo, ¿no?; ¿creará Dios nuevas mujeres para dotar el premio a cada hombre que va llegando?). Esta imagen de las 72 vírgenes sirvió como referencia de una de las caricaturas danesas de Mahoma que, en el 2005, ocasionaron un tremendo problema.
            Christoph Luxenberg (un académico que, postula que el Corán pudo haber sido originalmente un texto cristiano de lengua siríaca-aramea dirigido a la evangelización de los árabes), ha propuesto la tesis de que, en realidad, esas vírgenes no son tales. Pues, la palabra houri, en arameo, significa “uva blanca”. Sólo la tradición posterior desvirtuó el sentido original del Corán.

Los especialistas no dan crédito a esta interpretación, por complejas razones filológicas. Además de estas razones sobre las cuales no ahondaré, hay algunos motivos más sencillos por los cuales debemos pensar que estos versos sí hacen referencia a vírgenes. A medida que fue creciendo en poder, Mahoma se fue rodeando de mujeres, y su apetito sexual creció. Si Mahoma es el autor del Corán, ¿no cabría esperar que la promesa de las vírgenes, era muy acorde a su personalidad?

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