domingo, 14 de febrero de 2016

Algunas prohibiciones absurdas en el Islam

En el derecho islámico, hay varias prohibiciones absurdas. Una de ellas es el cobro de intereses en los préstamos. Esto tiene base en el Corán: “Quienes comen de la usura no se incorporarán el día del juicio, sino como se incorpora aquel a quien le ha dañado, tocándole, Satanás” (2:275). Esto, por supuesto, no ha sido exclusivo del Islam. Por muchos siglos, en los países cristianos también estaba prohibida la usura. Pero, eventualmente, tanto católicos (la escuela de Salamanca) como protestantes (especialmente los calvinistas) terminaron por entender que el cobro de intereses es un mal necesario.
Naturalmente, hoy sentimos mucho coraje cuando vemos en España a una desafortunada familia ser desahuciada de su vivienda, porque no pudo pagar las abusivas cuotas de interés en los préstamos de los bancos. Ciertamente, es necesario poner límites a los abusos. Pero, no conviene caer en los extremos. La usura, como bien argumentó el filósofo Jeremy Bentham en un texto clásico sobre el tema, cumple la función del estímulo para que el prestamista ofrezca su dinero, lo coloque en circulación, y así, propicie la actividad económica que conduce al crecimiento.

Insólitamente, en el mismo mundo musulmán, mucha gente entiende esto. Pero, en vez de admitir que el Corán está equivocado (o que, en todo caso, las leyes para la Arabia del siglo VII pudieron tener su justificación, pero hoy son ya obsoletas), hipócritamente se hacen arreglos para dar la apariencia de preservar el mandato coránico, pero aún así, cobrar disimuladamente el interés en los préstamos. Lo que se suele hacer frecuentemente, es que quien recibe el préstamo debe también comprar una mercancía, y luego, debe venderla a un precio más bajo. Así, con esa pérdida, se compensa el interés que no se cobra. Esto es ampliamente practicado en el mundo islámico (se conoce como “hiya”), pero en tanto no viola estrictamente una ley del derecho islámico, se tolera.    
            Los juegos de azar están también prohibidos en el derecho musulmán. El Corán es muy claro: “Te preguntan sobre el vino y el juego de azar. Responde: ‘en ambas cosas hay gran pecado y utilidad para los hombres, pero su pecado es mayor que su utilidad’” (2:219). Las penas especificadas para este delito son variadas, pero no suelen ser muy excesivas. Obviamente, la ludopatía es un problema social serio, y conviene erradicarla.
En Occidente, también tenemos el debate respecto a cuánto debemos tolerar los casinos y las máquinas tragaperras. Pero, en líneas generales, yo me inclino por la postura liberal. Sí, lo más conveniente sería que no existiesen los juegos de azar, pero, ¿tenemos la autoridad moral para ser paternalistas e impedir la libertad de la gente para decidir como mejor les plazca, en qué malgastar su propio dinero? En todo caso, la evidencia respalda mucho más la tesis según la cual, la prohibición del juego trae más desventajas que ventajas. En aquellos países donde no hay casinos, habitualmente surgen clandestinamente, y esto se presta a mayor actividad ilegal. En cambio, donde sí se permiten y se regulan, hay una enorme oportunidad de ingresos fiscales para el Estado.
Lo mismo puede decirse respecto a la prohibición islámica del alcohol (el Corán sólo prohíbe el vino, pero por razonamiento analógico, los juristas han extendido esta prohibición a toda bebida alcohólica). Sí, la ingesta de alcohol produce muchos problemas sociales. Pero, el paternalismo es objetable: ¿qué autoridad tenemos para dictar a la gente lo que debe o no debe consumir? Y, además, la prohibición del alcohol castiga injustamente a aquellos que son capaces de beber una copita sin causar problemas.
En todo caso, la prohibición del alcohol produce males aún más graves. En Occidente, la experiencia ha demostrado que a aquellos países (como EE.UU.) que impusieron la ley seca, les fue muy mal. Pues, la demanda del alcohol no bajó, y eso propició un enorme mercado negro que se materializó en un aumento incontrolado del crimen. En el mundo islámico, no ha habido un Al Capone que coloque en ridículo a la ley seca. Pero, sí hay mucha hipocresía. El pueblo llano no tiene acceso a las botellas, pero los grandes jeques beben gozosamente.
Así como el derecho musulmán busca regular la bebida, también lo hace con la comida. No está mal regular la comida por asuntos sanitarios. De hecho, algunas regulaciones alimentarias del Islam, son razonable. El sacrificio del animal debe hacerse rápido, y la carne comida debió estar recientemente sacrificada; esto, naturalmente, evita posibles infecciones y otros problemas en el consumo de la carne. Tampoco está permitido el consumo de sangre; en efecto, consumir sangre tiene riesgos sanitarios.
Pero, hay muchas otras legislaciones musulmanas respecto a la comida, que no obedecen a motivos racionales, sino a meros caprichos religiosos. Por ejemplo, si un animal fue sacrificado en nombre de un dios que no sea Dios, está prohibido comérselo (esto tiene base en el Corán 6:121). El cerdo está igualmente prohibido (Corán 2:173; 5:3; 6:145; 16:115). Algunos apologistas sugieren que la prohibición del cerdo es muy racional, debido a su riesgo de transmitir varias enfermedades dados sus hábitos (especialmente la triquinosis). Esto pudo haber sido cierto en el pasado, pero hoy la industria porcina puede perfectamente solucionar estos problemas, de manera tal que las legislaciones islámicas son ya obsoletas. El motivo por el cual el Islam prohíbe el cerdo es, sencillamente, porque un texto arcaico así lo estipula, por puros motivos religiosos (en imitación de las leyes judías del Levítico). Esto no es racional, y es además opresivo para aquellos que quieren deleitarse con el consumo de cerdo, y no perjudican a nadie con ello, ni siquiera a ellos mismos.
En el mes de Ramadán, existe la obligación para el musulmán de ayunar (Corán 2:183-184) desde que sale el sol, hasta que se oculta. En una sociedad aquejada por la obesidad, como la nuestra, no está mal hacer dieta (no obstante, no deja de ser curioso que Arabia Saudita es uno de los países con más obesidad en el mundo, cuestión que coloca en relieve que el ayuno en realidad no sirve de mucho). Pero, en todo caso, ayunar de esa manera tiene muchos riesgos para la salud; la religión interfiere en la razón médica.
Hay, además, otros problemas: si un musulmán se encuentra en el Polo Norte, donde por algunos meses el sol nunca se oculta, ¿significa eso que debe ayunar hasta morir? Algunos juristas han tratado de hacer malabares para solucionar esto, y ofrecen como solución que el musulmán debe ayunar de acuerdo a las posiciones del sol en su país de origen. Pero, ¿si nació en la zona ártica y ése es su lugar habitual de residencia? En fin, el derecho islámico quiere darle vueltas a situaciones absurdas, derivadas del hecho de que se trata de seguir al pie de la letra un texto arcaico con una visión claramente precientífica del mundo, el cual no calcula el tiempo en horas y minutos, sino de un modo muy provinciano: en función de la salida y la puesta del sol.

El Islam, por supuesto, no es la única religión que estipula el ayuno. Pero, al menos en la actualidad, sí es la única que lo impone. Y, esto es debido a que sólo el Islam se vale del Estado para hacer cumplir sus leyes religiosas. Muchas de las leyes musulmanas sobre la comida son derivadas de las leyes judías estipuladas en la Biblia. Pero, en ninguna parte del mundo (vale enfatizar, ni siquiera en Israel), se imponen esas leyes judías a la población. Sólo se cumplen voluntariamente (un pequeño sector de la sociedad israelí quiere imponer una teocracia que haga cumplir estas leyes, pero son grupos muy marginales). En cambio, en muchos países musulmanes, si bien no hay una policía que irrumpa en los hogares para asegurarse de que se cumpla el ayuno, sí se prohíbe comer y beber públicamente durante el Ramadán. Y, por supuesto, en ninguna época del año está permitida la venta de cerdo o alcohol.

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