lunes, 20 de agosto de 2012

¡Feliz final de Ramadán!


Esta semana los musulmanes celebran el Eid ul-Fitr, el final del mes de Ramadán. Por treinta días, los musulmanes adultos del mundo entero han ayunado desde el amanecer hasta el atardecer. Cuando finalmente el sol se pone, los musulmanes asisten a una comensalía comunitaria, el iftar, y así rompen el ayuno, hasta el día siguiente. Al final del mes de ayuno, se acude a la gran fiesta y se preparan para el año siguiente.
            Algunos grupos islamistas radicales, en su versión de la sharia (la ley islámica), proponen imponer el ayuno a los musulmanes, o al menos, prohibir comer públicamente durante el mes de Ramadán.  Recientemente he convivido con varios musulmanes, y he visto de cerca cómo viven el ayuno. Los musulmanes con los cuales conviví no necesitaban policías para cumplir el Ramadán. Tenían auto disciplina, y eran estrictos en su cumplimiento.
Pero, pronto me di cuenta de que el cumplimiento del Ramadán es un reto para buena parte de los musulmanes del mundo. El primer viernes de este pasado Ramadán visité la mezquita de Los Ángeles, y el imam ofreció un sermón sobre el ayuno. Admitía que es sumamente difícil de cumplir, que es fácil estar débil a causa del ayuno, es común dejarse invadir por el humor y no concentrarse bien en las labores diarias, pero con todo, el imam insistía en que se trata de un aspecto central de la religión islámica, y había que cumplirlo.
Mucha gente admira a los musulmanes por el celo con el cual cumplen el Ramadán. Se requiere de una tremenda disciplina, voluntad y autocontrol para mantener al cuerpo en ayunas entre el amanecer y el atardecer. Yo no comparto esa admiración. No disputo que, en efecto, ayunar de esa forma requiere mucha disciplina personal, y por supuesto, la disciplina personal es siempre beneficiosa. Tampoco disputo que el ayuno del Ramadán no tiene mayores efectos nocivos sobre la salud. Mi falta de admiración, no obstante, está en su raíz religiosa.
En una sociedad brutalmente consumista, con un creciente problema de obesidad, el ayuno sería muy beneficioso. En este aspecto, los occidentales secularizados podemos aprender algo de los ascetas de las grandes religiones del mundo. Pero, el objetivo del ayuno musulmán es lo cuestionable. Quienes instituyeron el ayuno del mes de Ramadán no tenían la menor idea de que, catorce siglos más tarde, habría una sociedad opulenta y obesa que necesita comer menos y ejercitar más. Los fundadores del Islam instituyeron el ayuno del Ramadán, sencillamente porque tenían la creencia de que algún poder sobrenatural beneficiaría a quien se infligiera un poco de castigo corporal. Y, más aún, mediante el ayuno, se completaría la sumisión, que es precisamente el núcleo de la religión islámica. Con un poco de suspicacia marxista, podemos sospechar que la élite del temprano Islam tenía en mente la idea de que, al obligar a la comunidad islámica a que se sometiera al ayuno para complacer a Dios, se abría el camino para obligar a los musulmanes a someterse a la autoridad del califa.
El Islam, lo mismo que las grandes religiones del mundo, ha terminado por ser un enemigo del placer. Y, precisamente en función de su anti-hedonismo, me resulta una religión odiosa. El ayatolá Jomeini recapitulaba muy bien esta tendencia, con su infame frase, “no hay humor en el Islam” (afortunadamente, no obstante, ha habido plenitud de comediantes musulmanes). En una sociedad opulenta y obesa, un hedonista recomendaría moderar el consumo de calorías, e incluso, practicar algunas formas de ayuno parecidas a las del Ramadán. Pero, el objetivo sería conseguir más placer y menos sufrimiento: prevenir la diabetes, bajar el colesterol, mejorar la circulación de la sangre, etc. Se trata de la loable senda del epicureísmo: suspender algunos placeres inmediatos, a fin de ganar más placeres a largo plazo.
 En cambio, el objetivo del ayuno en el Ramadán es mortificar al cuerpo, por el puro afán de hacerlo, sin ningún beneficio material en perspectiva. Por supuesto, los musulmanes podrán argumentar que, el Ramadán sí tiene un beneficio: la salvación en el Paraíso. Pero, esta justificación reposa sobre la asunción de que tal lugar existe (en ausencia total de evidencia). Así pues, en vez de disfrutar esta vida, los musulmanes renuncian a esta vida para disfrutar de otra vida, la cual tiene una bajísima probabilidad de existencia.
El ayuno durante el Ramadán no fomenta el espíritu crítico entre los seres humanos. Más bien coloca límites a la capacidad racional de las personas. Impone el ayuno, no propiamente sobre la base de la persuasión por sus beneficios a la salud, sino por el mero hecho de que un libro antiguo así lo exige. Y, precisamente, debido al hecho de que se practica dogmáticamente, y no racionalmente, muchas veces los musulmanes incurren en acciones aún más absurdas.
Por ejemplo, un amigo que ayunaba me comentaba que, en algunos países musulmanes, se organizan viajes durante el Ramadán para ir a regiones más alejadas del ecuador, a fin de estar en zonas donde los días son más cortos, y así hacer más soportable el ayuno. En otras palabras, esta gente se las ingenia para comer tres veces al día, ¡pero aún así cumplir el Ramadán!
Esto es muy parecido a los inventos de la llamada ‘Sociedad para la ciencia y Halacha’, en Jerusalén (documentados por el genial Bill Maher en su magistral documental cómico, Religulous, abajo coloco la escena de la película en cuestión). Esta sociedad judía hace inventos para desempeñar las funciones prohibidas durante el sabbat (día de descanso en el judaísmo), pero sin necesidad de romper las reglas religiosas. Así por ejemplo, un inventor diseñó un teléfono, el cual se puede marcar indirectamente, y así no se viola la prohibición de marcar el teléfono durante el sabbat. Bill Maher no vacila en llamar ‘ridículos’ a estos inventos, y del mismo modo, a mí me parece una idiotez dirigir la inteligencia a resolver asuntos rituales, en vez de solventar los verdaderos problemas de la humanidad. Arabia Saudita, quizás la más brutal teocracia islámica en la actualidad, es uno de los países más obesos del mundo. Es obvio que el ayuno del Ramadán no resuelve verdaderamente aquellos problemas que merecen ser resueltos.
El filósofo alemán Karl Jaspers señalaba que, a partir del siglo IX antes de nuestra era, por alguna misteriosa razón se dio inicio a una ola de reformas religiosas a lo largo de Asia y Europa. Las religiones antiguas eran marcadamente ritualistas: a los ojos de los dioses, importaba mucho más cumplir al pie de la letra rituales obsesivos, que cumplir preceptos éticos fundamentales, como ayudar al prójimo. Los grandes reformadores religiosos propiciaron un vuelco hacia una genuina ética que articule satisfactoriamente las relaciones sociales, y eclipsaron los fetiches ritualistas de las castas sacerdotales.
Buda y Parsuá protestaron contra la obsesión ritual védica en la India, y rompieron con el hinduismo para inaugurar religiones más éticas y menos ritualizadas. Los Upanishads, textos del hinduismo, igualmente hacían énfasis en el cultivo de virtudes éticas, por encima de los detalles rituales. Oseas, en el antiguo Israel, proclamó a un Dios que deseaba más piedad, en vez de sacrificios rituales. Jesús sostenía que el sabbat se hizo para el hombre, y no el hombre para el sabbat. Y, el mismo Mahoma, en su recitación del Corán, pronunció plenitud de versos con genuinas preocupaciones éticas, y no meramente rituales.
Pero, ninguno de estos reformadores logró expurgar por completo la obsesión ritual en sus respectivas religiones. La reforma protestante del siglo XVI fue en buena medida un intento por despojar aún más de obsesión ritualista al cristianismo, pero ni siquiera esta rama del cristianismo está totalmente exenta de la exigencia de cumplir muchos detalles minuciosos.
Las exigencias rituales, al final, tienen el propósito de disciplinar a los feligreses, no con el propósito de mejorar su salud, sino con el propósito de someterlos a la obediencia de la elite religiosa. En este final de Ramadán, exhorto a los musulmanes a seguir la proclama del filósofo Immanuel Kant, sapere aude, ¡atrévanse a conocer!; es digno pensar por cuenta propia, y no aceptar un dictamen sencillamente porque un antiguo libro así lo imponga. El comer durante el Ramadán no causará ningún daño. Cabe suponer que causará daño, sólo si se acepta la premisa de que existe un Dios que castiga a quien no cumpla el ayuno. Creo que la existencia de ese Dios es improbable, por ende, es improbable que el comer durante el Ramadán será perjudicial.
Pero, aun si ese Dios existiese y fuese bueno y justo como tradicionalmente se asume, entonces cabe suponer que ese Dios no se molestará por el cumplimiento de las exigencias rituales. A un Dios bueno le importaría sólo la maximización del placer, y la minimización del sufrimiento en la vida de las personas; como Bentham, me parece que el placer y el sufrimiento son los dos principios rectores de la ética. ¿Quién sufre si alguien come antes de que el sol caiga? Si una acción no causa daño a ninguna víctima, entonces es moralmente aceptable. Prohibir (o incluso recomendarla) semejante acción es el primer paso hacia el totalitarismo, y en esto, las exigencias rituales de las grandes religiones han tenido una alta dosis de responsabilidad. Probablemente no hay otra vida. Disfrutemos ésta. Si tenemos hambre en el mediodía, almorcemos, sea el mes que sea. Pero, comamos con prudencia; de ese modo, evitaremos dolores y maximizaremos nuestros placeres. En este final de Ramadán, recomiendo a mis amigos musulmanes: dejen de lado el Corán, y deléitense más con los textos de Epicuro y sus seguidores. Quizás, después de haber leído las bondades de la búsqueda racional del placer, el próximo año no se someterán al ayuno del Ramadán. 
  

2 comentarios:

  1. realmente implacable tu capacidad de argumentar y revisar incluso estos aspectos dogmáticos de esta especial religión, creo que me quiero quedar con la hermosa capacidad de la autodisciplina, que es la que realmente hay que imitar en una sociedad francamente obesa y con el estandarte pandémico de la diábetes, necesito un poquito de esa disciplina para practicar el autocontrol que no tengo cuando estoy en la muralla acorralada de dulces...

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    1. Gracias por tu comentario. En efecto, a todos nos viene bien un poco de autocontrol...

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