sábado, 11 de septiembre de 2010

La quema del Corán

Quemar un libro es un acto sencillamente atroz. Sea un libro que ha hecho mucho bien (como Don Quijote, de Cervantes), o mucho mal (como Mi lucha, de Hitler), un libro es una producción cultural que no debe ser destruida. De hecho, muchos filósofos advierten que la quema de libros es un primer paso hacia la quema de personas en la hoguera. La quema de libros es una característica propia de regímenes totalitarios que suprimen ideas y prohíben la libertad de expresión y pensamiento.

Por ello, urge censurar con todas nuestras fuerzas la iniciativa promovida por el pastor norteamericano Terry Jones para quemar públicamente varias copias del Corán. El Corán, vale advertir, es un libro que incentiva la intolerancia. Si bien no tiene un mandato explícito respecto a la quema de libros, sí tiene muchísimos mandatos sobre la persecución y ejecución de infieles. De hecho, la mayor destrucción de la Biblioteca de Alejandría estuvo a cargo de un invasor musulmán en el siglo VII, Amr ibn Al Mas, quien alegó que, si los libros de esa biblioteca no coinciden con el Corán, son heréticos y deben quemarse; y si coinciden con el Corán, no son necesarios conservarlos. Pero, precisamente, los países democráticos deben descontinuar el ejemplo de Amr ibn Al Mas y conservar aún aquellos libros con cuyos contenidos no estén de acuerdo.

Pero, EE.UU. es un país que defiende la libertad de expresión. Y, así como está permitido leer el Corán en las plazas públicas, también está permitido quemarlo. El presidente Barack Obama ha suplicado a Jones que no prosiga con su quema pública, pero legalmente, no tiene ningún recurso para impedírselo. Ésa es una de las dificultades de vivir en democracia.

De hecho, el incidente respecto a la quema del Corán coloca en evidencia las actitudes culturales de las sociedades occidentales comparadas con las sociedades islámicas. Hay un gran temor de que la quema del Corán ofenda la sensibilidad de los musulmanes en todo el mundo. Pero, con muchísima frecuencia, se queman banderas norteamericanas en países musulmanes, y nadie parece protestar al respecto. Más aún, allí donde el gobierno norteamericano está intentando disuadir a Jones de quemar públicamente el Corán, el gobierno de Irán hace dos décadas promovió públicamente la quema de Los versos satánicos de Salman Rushdie. Ésa es una importante diferencia entre un régimen democrático y uno teocrático: en la democracia, el gobierno trata de disuadir a los fanáticos religiosos de no quemar libros, pero no puede impedírselos; en la teocracia, el gobierno promueve la quema de libros.

En todo caso, este incidente pudo haberse evitado si los líderes y medios norteamericanos hubiesen ignorado al pastor Jones. Han sido los mismos medios quienes se han encargado de que, en Palestina, Indonesia o Arabia Saudita, lleguen noticias de que un obscuro pastor de una pequeñísima iglesia Pentecostal norteamericana planifica quemar el Corán. No es la primera vez que el Corán, o cualquier otro libro, se quema en EE.UU. Pero, sí es la primera vez que se causa un escándalo de esta magnitud por ello. Quizás algunos medios de comunicación occidentales desean encender aún más la llama de odio y desconfianza entre el Islam y Occidente, y han aprovechado la iniciativa del pastor para sembrar cizañas.

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